Sermón
Libertados del pecado para obedecer de corazón
Romanos 6:15–18
La libertad es una de las palabras más valoradas de nuestra época. Generalmente se entiende como la capacidad de vivir sin restricciones, sin rendir cuentas y siguiendo los propios deseos. Sin embargo, Romanos 6:15–18 enseña que ningún ser humano vive sin señorío. Todos obedecemos alguna voz y entregamos nuestra vida al servicio de algún amo.
Pablo había afirmado que los creyentes ya no están bajo la ley como régimen de condenación, sino bajo la gracia. Esto podía dar lugar a una peligrosa distorsión: pensar que, debido a que Dios perdona por gracia, el pecado ya no importa. El apóstol rechaza esa conclusión y muestra que la gracia no nos libera para pecar, sino del dominio del pecado, a fin de que vivamos en obediencia a Dios.
1. Estar bajo la gracia no concede permiso para pecar
Pablo pregunta: “¿Pecaremos, porque no estamos bajo la ley, sino bajo la gracia?”. Su respuesta es categórica: “En ninguna manera”.
La expresión griega usada por Pablo, mē genoito, transmite una negación enérgica: “¡Jamás sea así!”. Para el apóstol, convertir la gracia en permiso para pecar es una contradicción del evangelio.
La gracia no enseña que el pecado carezca de importancia. Por el contrario, demuestra su gravedad: fue necesaria la muerte del Hijo de Dios para librarnos de su culpa y de su dominio. Cristo no murió para que continuáramos cómodamente en aquello que lo llevó a la cruz, sino para salvarnos de nuestros pecados.
Martín Lutero dijo en su Prefacio a la Epístola a los Romanos que la fe verdadera es “viva, activa y poderosa”. La fe que recibe gratuitamente la justicia de Cristo no permanece estéril, sino que comienza a producir una vida nueva.
Cuando usamos el perdón de Dios como excusa para desobedecer, no estamos descansando en la gracia; estamos abusando de ella. La gracia verdadera perdona al pecador y, al mismo tiempo, transforma su manera de vivir. Por eso Tito 2:11–12 declara que “la gracia de Dios se ha manifestado para salvación”, pero inmediatamente añade que esa misma gracia nos enseña a renunciar a la impiedad y a vivir “sobria, justa y piadosamente”. La gracia que salva es también la gracia que educa al creyente en la santidad.
2. Todo ser humano es esclavo del amo al que obedece
Pablo continúa diciendo que somos esclavos de aquel a quien nos presentamos para obedecer. La palabra griega doulos, traducida como “esclavo”, describe a una persona que pertenece a otro y se encuentra bajo su autoridad.
Esto destruye la idea de que el ser humano puede vivir en completa autonomía. El corazón siempre tiene un trono. Podemos rechazar el gobierno de Dios, pero eso no nos deja sin amo; nos coloca bajo el dominio del pecado.
El pecado no busca solamente influir en nosotros. Busca gobernar nuestra mente, nuestros afectos, nuestro cuerpo y nuestras decisiones. Una persona puede considerarse libre y, sin embargo, ser incapaz de abandonar un hábito, un resentimiento, una ambición o un deseo impuro. Las cadenas se hacen visibles cuando el esclavo intenta marcharse.
Pablo también emplea la palabra hypakoē, “obediencia”, que comunica la idea de escuchar una voz y someterse a ella. Nuestra obediencia cotidiana revela quién gobierna realmente nuestra vida. Esto coincide con las palabras de Jesús en Juan 8:34: “Todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado”. Cristo no se refiere a una caída aislada seguida de arrepentimiento, sino a una vida gobernada por la práctica del pecado.
Por eso, no basta con llamar a Jesús “Señor”. Debemos preguntarnos qué voz domina nuestras decisiones cuando somos tentados, ofendidos o puestos a prueba. El amo verdadero no se manifiesta solamente en nuestras palabras, sino en aquello que obedecemos.
3. La gracia produce obediencia de corazón al evangelio
Pablo da gracias a Dios porque los creyentes de Roma habían obedecido “de corazón” a la forma de doctrina que recibieron. La expresión ek kardias significa “desde el corazón”. No describe una conformidad religiosa meramente externa, sino una respuesta que brota del centro de los pensamientos, afectos y decisiones.
La religión externa puede modificar algunas conductas sin transformar verdaderamente a la persona. Alguien puede asistir a la iglesia, cantar, servir y conocer el lenguaje cristiano mientras su corazón permanece lejos de Dios. Pero la gracia alcanza la raíz. Cambia lo que amamos y produce una nueva disposición hacia la voluntad del Señor.
Pablo llama al evangelio una “forma de doctrina”. La expresión griega typos didachēs contiene la idea de un molde de enseñanza. Así como el metal fundido recibe la forma del molde en el cual es colocado, la vida del creyente debe ser formada por la verdad del evangelio.
Esto demuestra que la doctrina y la vida no son enemigas. La sana doctrina produce una vida sana. Sin la verdad bíblica, la obediencia pierde dirección y la espiritualidad termina siendo moldeada por opiniones, emociones o valores culturales.
El creyente no adapta el evangelio a sus preferencias; es el evangelio el que transforma su manera de pensar, amar y vivir. Por eso Romanos 12:2 nos exhorta: “No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento”. La transformación de la conducta comienza cuando la mente deja de someterse al molde del mundo y es renovada por la verdad de Dios.
4. La verdadera libertad es ser liberados del pecado para servir a la justicia
Pablo concluye: “Libertados del pecado, vinisteis a ser siervos de la justicia”.
La palabra traducida como “libertados” está en forma pasiva. Esto significa que los creyentes no rompieron sus propias cadenas. Dios intervino para liberarlos por medio de la obra de Cristo.
La conversión no es una autoemancipación moral. El pecador necesita que el Hijo de Dios lo rescate. Cristo no solo perdona la culpa; también rompe el dominio del pecado. Como El mismo afirma en Juan 8:36: “Si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres”. La libertad verdadera no nace de la fuerza de voluntad, sino de la intervención salvadora del Hijo de Dios.
Sin embargo, esta liberación no nos deja en una condición de neutralidad. Somos liberados del pecado para pertenecer a la justicia. La libertad cristiana no consiste en vivir sin Señor, sino en pertenecer al Señor correcto.
Fuimos creados para Dios. Por eso solamente somos verdaderamente libres cuando vivimos conforme a su voluntad. El pecado promete independencia, pero produce vergüenza, esclavitud y muerte. La obediencia a Cristo puede exigir renuncia, pero conduce a santidad, paz y vida.
La persona rescatada por Cristo comienza a usar de una manera nueva todo lo que antes estaba al servicio del pecado. La lengua que mentía comienza a hablar verdad. Las manos dominadas por el egoísmo comienzan a servir. La mente alimentada por la vanidad comienza a meditar en la Palabra. La vida entera es presentada a Dios como instrumento de justicia.
Conclusión
Romanos 6:15–18 nos enseña que la gracia no es permiso para pecar. Es el poder de Dios que nos arranca de un amo cruel y nos entrega a un nuevo señorío.
El pecado conduce a muerte.
La obediencia de corazón conduce a justicia.
El pecado esclaviza y destruye.
Cristo libera y restaura.
Por tanto, no llamemos libertad a la obediencia de nuestros deseos pecaminosos. No usemos la gracia para justificar aquello que Cristo vino a destruir. Permitamos que el evangelio forme nuestros pensamientos, afectos y decisiones.
La gracia no nos ha liberado para pecar.
La gracia nos ha liberado para servir a Dios.
