Sermón
Muertos a la ley para pertenecer a Cristo
Romanos 7:1–6
Introduccion
El ser humano tiende a pensar que puede ganar la aceptación de Dios mediante su conducta. Aun después de conocer el evangelio, es fácil comenzar a medir nuestra relación con Dios según nuestro desempeño: cuando obedecemos, pensamos que Dios nos acepta más; cuando fallamos, sentimos que hemos perdido completamente su favor.
En Romanos 7:1–6, Pablo corrige esa manera de pensar. El creyente no ha sido aceptado por Dios debido a su cumplimiento de la ley, sino por su unión con Cristo. Mediante la muerte de Jesús, ha sido liberado de la condenación de la ley, unido al Señor resucitado y capacitado para servir en el poder del Espíritu.
1. La muerte termina una relación legal
Pablo comienza con un principio conocido:
“La ley se enseñorea del hombre entre tanto que éste vive”.
La expresión “se enseñorea” significa que la ley ejerce autoridad o jurisdicción. Para ilustrarlo, Pablo utiliza el matrimonio. Mientras el esposo vive, la mujer permanece legalmente unida a él; pero cuando el esposo muere, esa relación matrimonial específica termina.
El propósito de Pablo no es presentar aquí una enseñanza completa acerca del matrimonio. Su punto es más sencillo: la muerte cambia la situación legal de una persona.
La ley de Dios es santa y justa. El problema no está en ella, sino en nosotros, porque todos hemos quebrantado sus mandamientos. La ley puede mostrarnos lo que Dios exige, pero no puede borrar nuestras transgresiones. Puede revelar nuestra culpa, pero no puede justificarnos.
Por eso, nadie puede acercarse a Dios confiando en sus propias obras. La ley exige obediencia perfecta, y todo pecador ha quedado bajo condenación.
La única manera de ser liberados de esa condenación es mediante una muerte. Esa muerte tuvo lugar en Cristo.
2. Hemos muerto a la ley mediante el cuerpo de Cristo
Pablo aplica directamente la ilustración:
“Así también vosotros, hermanos míos, habéis muerto a la ley mediante el cuerpo de Cristo”.
No dice que la ley murió, sino que nosotros hemos muerto a ella. Tampoco enseña que el creyente se liberó a sí mismo mediante esfuerzo o disciplina. Esta liberación ocurrió “mediante el cuerpo de Cristo”, es decir, mediante su muerte real y sustitutiva en la cruz.
Jesús vivió bajo la ley y la cumplió perfectamente. Luego llevó en su cuerpo el castigo que correspondía a su pueblo. Como afirma Gálatas 3:13:
“Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición”.
La cruz demuestra que Dios no ignoró el pecado. La condenación fue ejecutada sobre Cristo. La deuda fue pagada. La justicia divina fue satisfecha.
Cuando una persona cree en Jesús, queda unida a Él. Su muerte cuenta como nuestra muerte y su justicia es acreditada a nuestro favor. Por eso, el creyente ya no vive intentando ganar la aceptación de Dios.
Esto no significa que el pecado haya dejado de ser serio. El creyente debe confesarlo, abandonarlo y buscar la santidad. Pero su posición delante de Dios no depende de un desempeño espiritual cambiante. Descansa en la obra perfecta de Cristo.
No obedecemos para ser aceptados.
Obedecemos porque ya hemos sido aceptados en Cristo.
No servimos para comprar el amor de Dios.
Servimos porque ese amor nos ha sido concedido por gracia.
3. Ahora pertenecemos al Cristo resucitado
Pablo continúa diciendo que hemos muerto a la ley:
“Para que seáis de otro, del que resucitó de los muertos”.
La salvación no consiste solamente en ser liberados de la condenación. También significa entrar en una nueva relación. El creyente ahora pertenece a Cristo.
No pertenece al pecado.
No pertenece a sí mismo.
No pertenece a sus antiguos deseos.
Pertenece al Señor que murió y resucitó.
Esta verdad transforma nuestra identidad. Ya no debemos definirnos principalmente por nuestro pasado, nuestros fracasos, nuestros logros o la opinión de otros. Nuestra identidad se encuentra en Cristo.
Además, Pablo declara que esta unión tiene un propósito:
“A fin de que llevemos fruto para Dios”.
La gracia de Dios nunca deja al creyente en esterilidad espiritual. Quien ha sido unido a Cristo comienza a producir fruto.
Ese fruto se manifiesta en una vida de arrepentimiento, amor, obediencia, paciencia, servicio y crecimiento en santidad. Las buenas obras no son la causa de la salvación, pero sí son su resultado.
Jesús dijo en Juan 15:5:
“El que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto”.
Una rama no produce fruto para poder unirse al árbol. Produce fruto porque ya está unida a él. De la misma manera, no obedecemos para entrar en Cristo; obedecemos porque estamos en Cristo.
Por eso, cada creyente debe examinar su vida.
¿Está creciendo nuestro amor por Dios?
¿Existe un deseo verdadero de obedecer su Palabra?
¿Hay arrepentimiento cuando pecamos?
¿Estamos usando nuestros dones para servir?
No buscamos perfección absoluta en esta vida, pero sí debemos esperar evidencia de la obra de Dios.
4. Servimos en la novedad del Espíritu
Pablo contrasta la antigua vida con la nueva:
“Porque mientras estábamos en la carne, las pasiones pecaminosas que eran por la ley obraban en nuestros miembros llevando fruto para muerte”.
Estar “en la carne” describe la condición del ser humano sin Cristo. En esa condición, la ley señalaba lo correcto, pero el corazón pecaminoso se rebelaba contra ella.
La ley decía: “No codiciarás”, pero el pecado producía codicia.
La ley decía: “No mentirás”, pero el corazón buscaba refugio en el engaño.
La ley mandaba amar a Dios, pero el ser humano prefería sus ídolos.
La ley no era la causa del pecado. El problema estaba en la naturaleza caída del hombre.
Sin embargo, Pablo añade:
“Pero ahora estamos libres de la ley… de modo que sirvamos bajo el régimen nuevo del Espíritu”.
La expresión “pero ahora” señala un cambio decisivo. El creyente ha sido liberado de la ley como sistema de condenación y como medio imposible de justificación.
Pero esa libertad no conduce a una vida sin obediencia. Al contrario, conduce al servicio.
La gracia no nos libera para vivir como queramos. Nos libera para servir a Dios de una manera nueva.
Antes, el mandamiento llegaba desde fuera, pero encontraba un corazón rebelde. Ahora, el Espíritu Santo obra dentro del creyente, produce nuevos deseos y lo capacita para obedecer.
Esto cumple la promesa de Ezequiel 36:27:
“Pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos”.
El Espíritu no elimina la voluntad de Dios. Transforma el corazón para que el creyente desee caminar en ella.
Por eso, la vida cristiana no se sostiene únicamente con reglas externas. Necesitamos depender diariamente del Espíritu Santo.
Necesitamos su ayuda para vencer la tentación.
Necesitamos su poder para amar.
Necesitamos su dirección para servir.
Necesitamos su obra para perseverar.
La obediencia cristiana no nace del temor de perder la aceptación de Dios, sino de la gratitud hacia Aquel que ya nos ha recibido en Cristo.
Conclusión
Romanos 7:1–6 nos enseña que el creyente ha experimentado un cambio completo de relación.
Ha muerto a la condenación de la ley mediante el cuerpo de Cristo.
Ahora pertenece al Señor resucitado.
Ha sido unido a Él para llevar fruto para Dios.
Y sirve en una vida nueva, producida por el Espíritu Santo.
La vida cristiana no consiste en intentar convencer a Dios de que somos dignos. Consiste en descansar en la dignidad perfecta de Cristo.
No obedecemos para ser justificados.
Obedecemos porque hemos sido justificados.
No llevamos fruto para obtener vida.
Llevamos fruto porque Cristo nos ha dado vida.
No servimos para ganar el favor de Dios.
Servimos porque en Cristo ya hemos recibido su favor.
