Sermón
La batalla que la ley no puede ganar
Rm.7: 7-25
Introduccion
Muchas personas piensan que el problema del ser humano puede resolverse con mejores reglas, más educación o mayor disciplina. Sin embargo, Romanos 7 nos muestra que el problema es mucho más profundo. El pecado no se encuentra solamente en el ambiente, en la cultura o en las circunstancias; habita en el corazón humano.
Pablo explica que la ley de Dios no es mala. La ley es santa, justa y buena. El problema no está en el mandamiento, sino en el pecado que utiliza el mandamiento para revelar nuestra rebelión y mostrarnos nuestra incapacidad.
La ley puede señalar el camino correcto, pero no puede cambiar el corazón. Puede mostrarnos nuestra culpa, pero no puede perdonarnos. Puede revelar nuestra necesidad, pero solamente Jesucristo puede salvarnos.
La santa ley de Dios revela nuestro pecado y nuestra incapacidad, para conducirnos a depender completamente de Jesucristo.
En este pasaje, Pablo presenta tres verdades fundamentales acerca de la ley, la lucha contra el pecado y la liberación que solamente Cristo puede dar.
I. La ley revela la verdadera naturaleza del pecado
Pablo comienza con una pregunta:
“¿La ley es pecado? En ninguna manera”
Romanos 7:7
La ley no es pecaminosa. Ella refleja el carácter santo de Dios y expresa lo que Él demanda de sus criaturas.
“La ley a la verdad es santa, y el mandamiento santo, justo y bueno”
Romanos 7:12
La función de la ley es revelar el pecado. Pablo usa como ejemplo el mandamiento:
“No codiciarás”
Romanos 7:7
Este mandamiento no se limita a la conducta externa. Penetra hasta los pensamientos, los deseos y las motivaciones. Una persona puede aparentar obediencia exterior y, al mismo tiempo, estar dominada interiormente por la envidia, la ambición o la impureza.
Por eso la ley actúa como un espejo. El espejo muestra la suciedad del rostro, pero no puede limpiarlo. De la misma manera, la ley revela la condición del corazón, pero no tiene poder para transformarlo.
El problema aparece cuando el pecado toma ocasión por el mandamiento:
“El pecado, tomando ocasión por el mandamiento, produjo en mí toda codicia”
Romanos 7:8
El corazón caído reacciona contra la autoridad de Dios. Cuando Dios establece un límite, el pecado desea cruzarlo. Así ocurrió en Génesis 3: Adán y Eva tenían abundancia, pero codiciaron precisamente aquello que Dios había prohibido.
El pecado también engaña:
“El pecado… me engañó, y por él me mató”
Romanos 7:11
Promete libertad, pero produce esclavitud. Promete placer, pero termina en culpa. Promete satisfacción, pero conduce a la muerte.
Santiago 1:15 declara:
“El pecado, siendo consumado, da a luz la muerte”.
Por eso, la ley no debe ser culpada por nuestra desobediencia. La ley simplemente expone lo que ya existe en nosotros.
La aplicación es clara: no debemos medir nuestra vida solamente por la apariencia externa. Debemos permitir que la Palabra examine también nuestras intenciones, pensamientos y deseos.
II. El creyente reconoce su incapacidad para vencer el pecado por sí mismo
En la segunda parte del pasaje, Pablo describe una lucha interior profunda:
“No hago lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago”
Romanos 7:15
El creyente ama la ley de Dios y desea obedecerla. Pablo afirma:
“Según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios”
Romanos 7:22
Este deleite demuestra que ha ocurrido un cambio verdadero. El creyente ya no ama el pecado como antes. Desea agradar a Dios y siente dolor cuando falla.
Sin embargo, todavía experimenta la presencia del pecado remanente. Gálatas 5:17 explica este conflicto:
“El deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne”.
El pecado ya no reina como dueño legítimo sobre el creyente, pero todavía lucha por influir en sus pensamientos, palabras y acciones. Por eso la vida cristiana no es ausencia de conflicto, sino una batalla continua.
El creyente desea orar, pero se distrae. Desea perdonar, pero lucha con el resentimiento. Desea confiar en Dios, pero siente temor. Desea vivir en pureza, pero enfrenta tentaciones.
Pablo reconoce además que las buenas intenciones no son suficientes:
“El querer el bien está en mí, pero no el hacerlo”
Romanos 7:18
Conocer lo correcto no garantiza que lo hagamos. Tener buenos deseos no significa que poseamos la fuerza necesaria para obedecer perfectamente.
Por eso Jesús dijo:
“Separados de mí nada podéis hacer”
Juan 15:5
La santificación no depende solamente de promesas personales como: “Voy a esforzarme más” o “Esta será la última vez”. Necesitamos depender de Cristo, acudir a la oración, meditar en la Palabra, buscar la comunión de la iglesia y caminar en el poder del Espíritu Santo.
Esta lucha tampoco debe llevarnos a pensar que no hay esperanza. El pecado permanece en el creyente, pero ya no define su identidad definitiva.
“Si alguno está en Cristo, nueva criatura es”
2 Corintios 5:17
El creyente no debe negar su pecado, pero tampoco debe pensar que sus fracasos son toda su identidad. En Cristo ha sido perdonado, adoptado y llamado a una vida nueva.
III. Solamente Jesucristo puede librarnos
Después de describir esta batalla, Pablo exclama:
“¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?”
Romanos 7:24
Esta expresión revela una profunda conciencia de pecado. Pablo no culpa a la ley, a sus circunstancias ni a otras personas. Reconoce su propia miseria y su necesidad de ayuda.
La pregunta de Pablo es muy importante. No pregunta: “¿Qué regla me librará?” o “¿Qué método me salvará?”. Pregunta:
“¿Quién me librará?”.
La salvación no se encuentra principalmente en una técnica, sino en una Persona.
La respuesta aparece inmediatamente:
“Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro”
Romanos 7:25
La ley puede revelar el pecado, pero solamente Cristo puede perdonarlo. La ley puede condenar, pero solamente Cristo puede justificar. La ley puede mostrarnos nuestra incapacidad, pero solamente Cristo puede darnos una nueva vida.
Cristo nos libra de la condenación:
“Ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús”
Romanos 8:1
También nos libra del dominio del pecado:
“El pecado no se enseñoreará de vosotros”
Romanos 6:14
Y un día nos librará completamente de la presencia del pecado.
La esperanza del creyente no descansa en su desempeño, sino en la obra perfecta de Jesucristo. Él vivió en obediencia perfecta, murió en lugar de pecadores y resucitó victorioso sobre la muerte.
Por eso, cuando el creyente cae, no debe huir de Cristo, sino correr hacia Él. Debe confesar su pecado, recibir el perdón prometido y continuar luchando en dependencia del Espíritu Santo.
“Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados”
1 Juan 1:9
Conclusión
Romanos 7 nos enseña tres verdades fundamentales.
La ley revela nuestro pecado.
Ella muestra la santidad de Dios y la corrupción de nuestro corazón.
Nuestras propias fuerzas no pueden vencerlo.
Las buenas intenciones son insuficientes. Necesitamos la gracia y el poder de Dios.
Jesucristo es nuestra única esperanza.
Él perdona nuestra culpa, rompe el dominio del pecado y un día nos librará completamente de su presencia.
Por eso, no debemos justificar el pecado ni acostumbrarnos a él. Tampoco debemos caer en desesperación.
Debemos reconocer nuestra necesidad, confesar nuestra debilidad y mirar a Cristo.
La ley revela nuestra necesidad.
El pecado demuestra nuestra incapacidad.
Jesucristo garantiza nuestra liberación.
