Sermón

Hijos de Dios por el Espíritu

agosto 23, 2026

Romanos 8:12–17

Ser perdonado de una deuda es algo extraordinario. Pero sería todavía más sorprendente que la persona a quien debíamos, después de cancelar nuestra deuda, nos recibiera en su casa, nos diera un lugar en su familia y nos hiciera partícipes de su herencia.

Eso es precisamente lo que Dios hace en el evangelio.

En Romanos 8:1–11, Pablo ha explicado que no hay condenación para los que están en Cristo y que el Espíritu Santo habita en aquellos que pertenecen a Él. Ahora, en Romanos 8:12–17, muestra las consecuencias de esa nueva realidad. El creyente no solamente ha sido justificado; ha sido adoptado. Ya no pertenece al dominio de la carne, sino a la familia de Dios.

Esta nueva identidad no permanece solamente como una verdad doctrinal. El Espíritu comienza a hacerla visible en nuestra manera de vivir. Los hijos de Dios luchan contra el pecado, son guiados por el Espíritu, aprenden a relacionarse con Dios como Padre y esperan una herencia gloriosa juntamente con Cristo.

1. Los hijos de Dios hacen morir las obras de la carne

Pablo comienza diciendo: “Así que, hermanos, deudores somos, no a la carne, para que vivamos conforme a la carne”.

La palabra “deudores” comunica la idea de una obligación. Pablo está afirmando que el creyente ya no tiene ninguna deuda con la carne. Antes vivíamos bajo su dominio, pero Cristo nos ha liberado de ese antiguo señorío.

Romanos 6:6 declara que nuestro viejo hombre fue crucificado con Cristo “a fin de que no sirvamos más al pecado”. El pecado todavía puede tentar, seducir y prometer satisfacción, pero ya no tiene autoridad legítima sobre quien pertenece a Cristo.

Por eso Pablo añade una advertencia seria: “Porque si vivís conforme a la carne, moriréis”.

No está enseñando que un verdadero creyente pierde su salvación cada vez que cae en pecado. Está describiendo la dirección dominante de una vida. Una persona que permanece tranquilamente bajo el gobierno de la carne demuestra que no ha experimentado la obra transformadora del Espíritu.

Gálatas 5:19–21 presenta las obras de la carne y advierte que quienes practican tales cosas no heredarán el reino de Dios. El creyente todavía peca, pero ya no puede hacer del pecado su hogar.

Entonces Pablo presenta la responsabilidad cristiana: “Mas si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis”.

La expresión “hacéis morir” procede del verbo griego thanatoō, que significa dar muerte. Pablo no nos llama a controlar cuidadosamente el pecado, esconderlo o aprender a convivir con él. Nos llama a combatirlo.

Colosenses 3:5 dice igualmente: “Haced morir, pues, lo terrenal en vosotros”.

Sin embargo, esta lucha no se realiza mediante simple fuerza de voluntad. Pablo dice: “por el Espíritu”.

El Espíritu Santo utiliza la Palabra para renovar nuestra mente, convencer de pecado y dirigir nuestros afectos hacia Cristo. Nos hace reconocer la mentira que existe detrás de nuestras tentaciones y nos fortalece para obedecer a Dios.

El pecado puede compararse con una mala hierba. Cortar solamente lo que aparece sobre la superficie no resuelve el problema si la raíz permanece intacta. De la misma manera, la lucha cristiana debe llegar hasta los deseos que alimentan nuestra desobediencia.

Por eso debemos preguntarnos qué pecados estamos tolerando y cuáles hemos comenzado a justificar. La evidencia de que somos hijos de Dios no consiste en que ya no haya pecado en nosotros, sino en que ya no podemos vivir en paz con él.

El hijo de Dios cae, pero se arrepiente. Confiesa, lucha, busca ayuda y vuelve a levantarse. La presencia de la batalla es una señal de que existe un nuevo Señor.

2. Los hijos de Dios son guiados por el Espíritu

Pablo continúa: “Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios”.

Este versículo suele utilizarse para hablar exclusivamente de decisiones personales: qué trabajo aceptar, dónde vivir o qué camino escoger. Sin duda Dios dirige providencialmente la vida de sus hijos, pero ese no es el énfasis principal del contexto.

El versículo anterior hablaba de hacer morir las obras de la carne “por el Espíritu”. Por tanto, ser guiado por el Espíritu significa principalmente ser conducido por Él lejos del dominio del pecado y hacia una vida de santidad.

El Espíritu nunca dirige a una persona en contradicción con las Escrituras que Él mismo inspiró. Jesús lo llama en Juan 16:13 “el Espíritu de verdad”. Por eso ninguna impresión subjetiva que contradiga la Palabra de Dios puede ser atribuida legítimamente al Espíritu Santo.

Pablo dice que quienes son guiados por el Espíritu “son hijos de Dios”. La obediencia no nos convierte en hijos; demuestra que hemos sido recibidos en la familia.

Jesús dijo en Juan 10:27: “Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen”. Las ovejas no pertenecen a Cristo porque lo siguen; lo siguen porque ya le pertenecen.

De igual manera, el creyente comienza a seguir la dirección del Espíritu porque Dios ha realizado una obra nueva en su corazón.

Esto tampoco significa perfección inmediata. Un hijo puede tropezar mientras camina detrás de su padre. Puede distraerse e incluso apartarse momentáneamente, pero existe una nueva dirección en su vida.

La pregunta fundamental no es si hemos alcanzado perfección, sino hacia dónde estamos siendo conducidos.

¿Existe mayor deseo de obedecer a Dios?

¿Somos más sensibles al pecado?

¿Amamos más la verdad?

¿Hay una creciente disposición a someternos a Cristo aun cuando hacerlo resulte difícil?

Una de las evidencias más claras de la presencia del Espíritu es que comienza a producir en nosotros el deseo de vivir de una manera que agrade al Padre.

3. Los hijos de Dios se relacionan con Dios como Padre

Pablo escribe: “Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción”.

Aquí aparecen dos condiciones opuestas: esclavitud y adopción.

Romanos 8 comenzó declarando que no existe condenación para los que están en Cristo. Ahora Pablo muestra una de las consecuencias más hermosas de esa verdad: el creyente ya no se acerca a Dios como un criminal esperando sentencia, sino como un hijo que se acerca a su Padre.

Esto no elimina la reverencia. Dios continúa siendo santo, majestuoso y digno de temor. Pero el temor cristiano no es el terror del condenado. Es la reverencia amorosa del hijo.

La palabra griega traducida como “adopción”, huiothesia, comunica la idea de ser colocado en la posición de hijo. En el mundo romano, la adopción concedía al adoptado una nueva familia, una nueva posición legal y derechos de herencia.

La justificación responde a la pregunta: ¿cuál es mi posición delante del Juez? La respuesta es: justo en Cristo.

La adopción responde a otra pregunta: ¿cuál es ahora mi relación con Dios? La respuesta es: hijo.

Dios no solamente cancela nuestra deuda. Nos recibe en su familia.

Pablo añade: “por el cual clamamos: ¡Abba, Padre!”.

Abba es una expresión aramea que comunica cercanía y confianza filial sin perder reverencia. Jesús utilizó la misma expresión en Marcos 14:36 cuando oraba en Getsemaní.

Por nuestra unión con Cristo, el Espíritu nos enseña también a acercarnos a Dios como Padre.

Cuando sufrimos, podemos decir: Padre.

Cuando tenemos temor: Padre.

Cuando no comprendemos la providencia: Padre.

Cuando hemos pecado y regresamos arrepentidos: Padre.

La oración cristiana no nace solamente de nuestra necesidad, sino de nuestra nueva relación con Dios.

Romanos 8:16 añade: “El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios”.

Este testimonio no debe limitarse a una sensación emocional. El Espíritu confirma nuestra adopción produciendo en nosotros fe en Cristo, arrepentimiento, amor por Dios, deseo de santidad y una creciente confianza en el Padre.

Hay creyentes que conocen bien a Dios como Juez, pero muy poco como Padre. Viven continuamente preguntándose si Dios se habrá cansado de ellos.

Pero si estamos verdaderamente en Cristo, Dios no nos recibe cada mañana como nuevos acusados. Nos recibe como hijos.

Esta seguridad no produce descuido espiritual. Produce amor, gratitud y el deseo de agradar al Padre que nos recibió por pura gracia.

4. Los hijos de Dios esperan una herencia juntamente con Cristo

Pablo concluye: “Y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo”.

La lógica es sencilla: si somos hijos, entonces somos herederos.

La salvación cristiana posee una dimensión futura. Todavía no hemos recibido plenamente todo lo que Dios ha preparado para su pueblo.

Primera Pedro 1:4 habla de “una herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible”.

Nuestra herencia incluye la consumación de la obra de Dios: resurrección, glorificación, libertad completa del pecado y comunión eterna con el Señor en la nueva creación.

Pablo utiliza además una expresión sorprendente: somos “coherederos con Cristo”.

Cristo es Hijo por naturaleza. Nosotros somos hijos por adopción y gracia. Todo lo que recibiremos en nuestra salvación lo recibiremos porque estamos unidos al Hijo.

Efesios 1:11 declara: “En él asimismo tuvimos herencia”.

Sin embargo, Pablo introduce una realidad que prepara el siguiente pasaje: “si es que padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados”.

Seguir a Cristo incluye sufrimiento.

Esto no significa que nuestro sufrimiento compre la salvación. Significa que quienes pertenecen al Cristo rechazado por el mundo participan también, de distintas maneras, de su camino.

Romanos 8:18 continuará precisamente con estas palabras: “Las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera”.

El camino del creyente sigue el patrón de su Señor: primero sufrimiento y después gloria.

Por eso, las dificultades presentes no significan necesariamente que Dios nos haya abandonado. Podemos sufrir precisamente porque pertenecemos a Cristo y deseamos permanecer fieles a Él.

La pérdida no cancela nuestra adopción.

Las lágrimas no cancelan nuestra herencia.

La muerte no cancela la promesa.

Cuando obedecer a Cristo tenga un costo, debemos recordar que somos herederos. Cuando la fidelidad produzca rechazo, debemos recordar que somos coherederos con Cristo. Y cuando nuestra vida parezca marcada por la debilidad, debemos mirar más allá del presente hacia la gloria que Dios ha prometido.

Conclusión

Romanos 8:12–17 muestra que la adopción no es solamente una hermosa doctrina acerca de nuestra posición delante de Dios. Es una realidad que transforma nuestra manera de vivir.

Los hijos de Dios hacen morir por el Espíritu las obras de la carne.

Los hijos de Dios son guiados por el Espíritu hacia la santidad.

Los hijos de Dios se acercan a Dios con la confianza de quienes pueden llamarlo “Abba, Padre”.

Y los hijos de Dios viven esperando la herencia que compartirán con Cristo.

Por tanto, no debemos alimentar aquello que pertenece a nuestra antigua esclavitud. La carne ya no es nuestro señor.

No obedecemos para conseguir que Dios nos adopte. Obedecemos porque en Cristo ya hemos sido adoptados.

No nos acercamos a Dios tratando de ganar un lugar en su familia. Nos acercamos porque el Espíritu nos ha dado la confianza de hijos.

Y no atravesamos el sufrimiento sin esperanza. Sabemos que nuestra historia termina en gloria.

El mismo Dios que nos justificó también nos adoptó.

El mismo Espíritu que hoy nos ayuda a luchar contra el pecado da testimonio de que pertenecemos al Padre.

Y el mismo Cristo con quien sufrimos ahora será también aquel con quien un día seremos glorificados.

No somos esclavos tratando de conseguir un lugar en la casa.

Somos hijos que, por gracia, ya pertenecemos a la familia de Dios.