Sermón
El sufrimiento presente y la gloria venidera
Introduccion
«Pues tengo por cierto que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse» (Romanos 8:18).
Hay momentos en los cuales resulta difícil armonizar lo que creemos con lo que estamos viviendo.
Creemos que Dios es bueno, pero sufrimos. Creemos que Dios gobierna todas las cosas, pero llegan enfermedades que no esperábamos. Creemos que somos hijos de Dios, pero nuestro cuerpo envejece. Creemos que Cristo venció a la muerte, pero seguimos asistiendo a funerales. Creemos que Dios escucha nuestras oraciones, pero algunas respuestas parecen no llegar.
Entonces surge una pregunta que todo creyente, tarde o temprano, tendrá que enfrentar: si Dios me ama y soy su hijo, ¿cómo debo entender el sufrimiento?
Pablo conoce esa pregunta. No escribe Romanos 8 desde una vida cómoda. Él conocía la persecución, el hambre, los golpes, el rechazo, la prisión y el dolor. Sin embargo, cuando compara sus sufrimientos con aquello que Dios ha prometido, llega a una conclusión extraordinaria:
«Tengo por cierto que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera».
Pablo no dice que las aflicciones sean imaginarias. No dice que el cristiano verdadero nunca llora. Tampoco dice que debamos llamar bueno a lo que es doloroso. Dice algo mucho mayor: el sufrimiento presente no posee la última palabra sobre el creyente.
Juan Calvino, al comentar la relación entre Romanos 8:17 y 18, señala que Cristo llegó a su gloria pasando primero por la cruz; quienes están unidos a Él siguen el mismo patrón. La vida cristiana sigue el camino de nuestro Señor: primero sufrimiento; después, gloria.
Los creyentes pueden perseverar en los sufrimientos presentes porque Dios ha prometido una gloria futura que transformará tanto a sus hijos como a la creación.
¿Qué verdades sostienen la esperanza del creyente en medio del sufrimiento presente? En Romanos 8:18–25, Pablo presenta cuatro.
1. La gloria futura supera incomparablemente nuestros sufrimientos presentes
«Pues tengo por cierto que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse» (Romanos 8:18).
Pablo reconoce la realidad del sufrimiento
Pablo habla de «las aflicciones del tiempo presente». No intenta negar el dolor. El cristianismo bíblico nunca necesita fingir que todo está bien cuando no lo está.
La Biblia está llena de lágrimas. Job sufrió. David lloró. Jeremías lamentó. Pablo padeció. Jesucristo mismo fue llamado «varón de dolores, experimentado en quebranto» (Isaías 53:3), y lloró delante de la tumba de Lázaro.
Por tanto, llorar no significa necesariamente falta de fe. Sufrir no significa que Dios nos haya abandonado. La fe bíblica puede llorar y confiar al mismo tiempo.
Pablo compara el sufrimiento presente con la gloria futura
Pablo dice: «Tengo por cierto». La expresión comunica una conclusión razonada. Ha colocado en un lado de la balanza todas las aflicciones presentes y, en el otro, la gloria eterna. Su conclusión es que «no son comparables».
Segunda Corintios 4:17 expresa la misma verdad:
«Esta leve tribulación momentánea produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria».
Observe los contrastes: la tribulación es momentánea; la gloria es eterna. La tribulación es ligera en comparación; la gloria posee un peso incomparable.
Pablo no llama ligera a nuestra aflicción porque siempre se sienta ligera. La llama ligera cuando la coloca junto a la eternidad.
Nuestra gloria todavía no ha sido manifestada
Pablo habla de «la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse».
Ahora el creyente puede parecer débil. Puede estar enfermo, ser despreciado, vivir con dolor, llegar a una cama de hospital o terminar sus días con un cuerpo deteriorado. Pero esa no es su condición final.
Colosenses 3:4 declara:
«Cuando Cristo, vuestra vida, se manifieste, entonces vosotros también seréis manifestados con él en gloria».
Y 1 Juan 3:2 añade:
«Cuando él se manifieste, seremos semejantes a él».
Nuestra historia todavía no está terminada.
Imagine que alguien entra en un taller mientras una obra está siendo restaurada. Ve piezas desmontadas, polvo, marcas y herramientas, y podría pensar que el objeto ha sido destruido. Pero el restaurador conoce el resultado final. Nosotros vemos nuestra vida en medio del proceso; Dios conoce la obra terminada.
No juzgues toda la bondad de Dios por el capítulo doloroso que estás viviendo actualmente. Tu historia todavía no ha terminado.
Cuando estés enfermo, recuerda: este no es mi cuerpo final. Cuando pierdas algo por causa de Cristo: esta no es mi recompensa final. Cuando seas rechazado por fidelidad: este no es mi veredicto final.
El sufrimiento es real, pero la gloria será mayor. Como explica Calvino, Pablo compara ambas realidades para aligerar el peso de la cruz mediante la grandeza de la gloria futura.
2. La creación misma espera la liberación que Dios ha prometido
«Porque el anhelo ardiente de la creación es el aguardar la manifestación de los hijos de Dios» (Romanos 8:19).
La creación también está afectada por la caída
El pecado de Adán no produjo consecuencias solamente sobre el ser humano. Génesis 3:17 registra la sentencia: «Maldita será la tierra por tu causa».
Desde entonces vivimos en una creación hermosa, pero quebrantada. La belleza permanece porque Dios continúa siendo su Creador, pero también existe deterioro porque el mundo está bajo los efectos de la caída.
Hay flores, pero se marchitan. Hay cuerpos extraordinariamente diseñados, pero enferman. Hay nacimiento, pero también muerte. Hay fertilidad, pero también terremotos, sequías, tormentas y destrucción. La creación no funciona todavía en la plenitud para la cual Dios la hizo.
La creación fue sometida a frustración, pero no sin esperanza
Romanos 8:20 dice:
«Porque la creación fue sujetada a vanidad, no por su propia voluntad, sino por causa del que la sujetó en esperanza».
Estas últimas palabras son esenciales: «en esperanza».
La sentencia de Génesis 3 no será eterna. Dios sometió la creación a las consecuencias de la caída, pero al mismo tiempo determinó un futuro para ella. La maldición tiene fecha de expiración dentro del propósito redentor de Dios.
La creación será liberada de corrupción
El versículo 21 afirma que «la creación misma será libertada de la esclavitud de corrupción».
La esperanza bíblica no consiste en que Dios abandonará su propósito original para la creación. Dios realizará una obra de renovación. Isaías 65 anticipa cielos nuevos y tierra nueva. Segunda Pedro 3:13 declara:
«Nosotros esperamos, según sus promesas, cielos nuevos y tierra nueva, en los cuales mora la justicia».
Apocalipsis 21 presenta la consumación de esta esperanza. La redención conseguida por Cristo tiene dimensiones cósmicas. Cristo no solamente redime pecadores; su victoria finalmente será manifestada sobre toda la creación afectada por la caída.
Los gemidos de la creación son dolores de parto
Pablo dice que «toda la creación gime a una, y a una está con dolores de parto hasta ahora» (Romanos 8:22).
La imagen es extraordinaria. Pablo no compara el mundo simplemente con un hombre agonizando, sino con una mujer que está dando a luz. Ambos experimentan dolor, pero existe una diferencia fundamental: el dolor de la muerte conduce hacia un final; los dolores de parto anuncian un comienzo.
Los gemidos de la creación anuncian que Dios todavía no ha terminado su obra.
En una sala de parto puede haber dolor intenso, lágrimas y agotamiento, pero todos interpretan ese dolor desde la expectativa de algo que está por venir. El dolor no es ignorado; es interpretado por la esperanza. Así interpreta Pablo el sufrimiento de la creación.
Cuando veas un mundo quebrantado, no llegues a la conclusión de que Dios ha perdido el control. Los desastres, las enfermedades y el deterioro nos recuerdan que Génesis 3 es real; pero Romanos 8 nos recuerda que Apocalipsis 21 también será real.
Este mundo quebrantado no es el mundo definitivo. El creyente puede lamentar profundamente el sufrimiento de la creación sin desesperar. La creación gime, pero gime con esperanza.
3. Los creyentes esperamos la redención completa de nuestros cuerpos
«Y no sólo ella, sino que también nosotros mismos […] gemimos dentro de nosotros mismos» (Romanos 8:23).
Tener el Espíritu no elimina todos nuestros gemidos
Pablo dice que quienes poseen «las primicias del Espíritu» también «gemimos».
La presencia del Espíritu Santo no significa ausencia de sufrimiento. A veces se presenta una idea equivocada de la vida cristiana, según la cual una persona verdaderamente espiritual debería estar siempre emocionalmente triunfante. Pablo no habla así.
Los creyentes gemimos. Lloramos. Sentimos dolor. Nos cansamos. Anhelamos que llegue el día cuando el pecado y sus consecuencias desaparezcan completamente. La diferencia no es que el cristiano nunca gime; la diferencia es que gime con esperanza.
Ya tenemos las primicias del Espíritu
Pablo llama al Espíritu «las primicias». Estas eran la primera parte de una cosecha mucho mayor.
Esto significa que el creyente ya posee algo de la vida futura. Ya conocemos a Dios. Ya hemos sido regenerados. Ya somos hijos. Ya tenemos vida eterna. Ya poseemos el Espíritu. Pero todavía esperamos algo más.
Efesios 1:13–14 dice que el Espíritu Santo es «las arras de nuestra herencia». Dios nos ha dado su Espíritu como garantía de que completará nuestra salvación.
Esperamos la manifestación plena de nuestra adopción
Pablo habla de estar «esperando la adopción». Pero ¿no acaba de decir en Romanos 8:15 que ya hemos recibido el Espíritu de adopción? Sí. Ya somos adoptados, pero todavía no experimentamos todas las consecuencias de nuestra adopción.
Nuestra adopción es una realidad presente que tendrá una manifestación futura. Hoy somos hijos; un día será públicamente manifestado lo que somos. La creación misma espera «la manifestación de los hijos de Dios» (Romanos 8:19).
Nuestra esperanza incluye la redención del cuerpo
Pablo explica qué esperamos: «la redención de nuestro cuerpo».
Este detalle protege la esperanza cristiana de una espiritualidad incompleta. El cuerpo importa. Dios lo creó. Cristo asumió un verdadero cuerpo humano. Cristo resucitó corporalmente. Y nuestros cuerpos también serán resucitados.
Filipenses 3:20–21 dice que Cristo «transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya». Primera Corintios 15:53 declara: «Es necesario que esto corruptible se vista de incorrupción».
Cristo no vino solamente para salvar una parte de nosotros. La redención alcanzará finalmente a la persona completa.
Nuestro cuerpo actual podría compararse con una casa que todavía habitamos, aunque sus estructuras comienzan a mostrar desgaste. Las paredes se deterioran, aparecen grietas y llegan limitaciones. Pero Dios no ha abandonado su propósito para nuestro cuerpo. La resurrección no será simplemente una reparación temporal; será una transformación para gloria.
Cuando tu cuerpo comience a fallar, no lo interpretes como si la salvación estuviera retrocediendo. Tu cuerpo envejece mientras tu redención se acerca.
Cuando mires las marcas de la edad, recuerda la resurrección. Cuando una enfermedad limite tus fuerzas, recuerda la resurrección. Cuando estés junto al cuerpo de un creyente que ha muerto, llora, pero recuerda la resurrección.
La tumba no es el destino final del cuerpo que pertenece a Cristo.
4. La esperanza cristiana persevera en aquello que todavía no ve
«Porque en esperanza fuimos salvos» (Romanos 8:24).
La esperanza mira hacia algo que todavía no vemos
Pablo dice: «La esperanza que se ve, no es esperanza; porque lo que alguno ve, ¿a qué esperarlo?».
Existe una dimensión futura inevitable en la vida cristiana. Todavía no vemos a Cristo cara a cara. Todavía no vemos nuestros cuerpos glorificados. Todavía no vemos la nueva creación. Todavía no vemos la desaparición completa del pecado. Pero Dios lo ha prometido.
Segunda Corintios 5:7 declara: «Por fe andamos, no por vista».
La fe cristiana no significa creer sin fundamento. Significa confiar en el Dios que ha hablado y que ha demostrado su fidelidad supremamente al resucitar a Jesucristo de entre los muertos.
Nuestra esperanza descansa en una realidad asegurada por Cristo
Nuestra esperanza futura no está construida sobre la imaginación religiosa. Cristo ya resucitó. Primera Corintios 15:20 lo llama «primicias de los que durmieron». Su resurrección es el comienzo de aquello que ocurrirá con su pueblo.
El sepulcro vacío de Cristo es la garantía histórica de nuestra esperanza futura.
John Owen resumió el patrón bíblico de esta manera:
«En la medida en que conocemos a Cristo, sus sufrimientos y su gloria, comprendemos las Escrituras».
Comprender a Cristo significa comprender el patrón de sufrimiento seguido de gloria que atraviesa las Escrituras. Nuestro Señor sufrió. Nuestro Señor murió. Nuestro Señor resucitó. Nuestro Señor fue glorificado. Y quienes están unidos a Él participan de ese mismo movimiento redentor.
La esperanza produce paciencia
El versículo 25 declara: «Pero si esperamos lo que no vemos, con paciencia lo aguardamos».
La palabra comunica perseverancia. La esperanza bíblica no significa quedarse inmóvil. Significa mantenerse fiel mientras esperamos.
Seguimos orando. Seguimos obedeciendo. Seguimos sirviendo. Seguimos adorando. Seguimos luchando contra el pecado. Seguimos confiando. No porque todo haya sido resuelto en el presente, sino porque Dios ha prometido el futuro.
La paciencia cristiana nace de la certeza del resultado
Un hombre puede soportar muchas dificultades cuando sabe hacia dónde se dirige. Pablo conoce el destino final: gloria. Por eso puede soportar el camino.
John Owen señaló también que las aflicciones solamente pueden ser aprovechadas espiritualmente mediante las consolaciones del Espíritu Santo. El creyente no persevera por medio del estoicismo. No aprieta los dientes intentando demostrar fortaleza. Depende del Espíritu y descansa en las promesas de Dios.
Dos personas pueden esperar durante horas en el mismo lugar y experimentar esa espera de manera completamente diferente. Una no sabe si alguien llegará; la otra tiene una promesa segura de que alguien viene. Externamente, ambas esperan, pero solamente una espera con certeza.
La esperanza cristiana pertenece a la segunda clase. No sabemos cuándo llegará el día, pero sabemos quién viene.
Quizás estás esperando algo que todavía no puedes ver: la restauración definitiva, la liberación del dolor, la resurrección o la gloria. No permitas que lo invisible te parezca menos real simplemente porque todavía no puedes tocarlo. La promesa de Dios es más segura que nuestras circunstancias presentes.
Esperar bíblicamente significa poder decir:
Todavía no lo veo, pero Dios lo ha prometido.
Todavía sufro, pero la gloria viene.
Todavía gimo, pero la redención viene.
Todavía espero, pero Cristo viene.
El capítulo final es gloria
Romanos 8:18–25 no responde a todas nuestras preguntas acerca del sufrimiento. No nos explica por qué Dios permite cada enfermedad particular. No nos dice por qué una familia experimenta una pérdida y otra no. No nos revela todos los detalles de la providencia.
Pero nos revela algo que necesitamos aún más: nos dice cómo termina la historia. Y cuando conocemos el final, podemos interpretar correctamente el presente.
¿Qué verdades sostienen nuestra esperanza mientras sufrimos?
La gloria futura supera incomparablemente nuestros sufrimientos presentes. Lo que ahora duele es real, pero no es eterno.
La creación misma espera la liberación que Dios ha prometido. El mundo quebrantado que conocemos no es la creación definitiva.
Nosotros esperamos la redención completa de nuestros cuerpos. La enfermedad, el envejecimiento y la muerte no tendrán la última palabra.
La esperanza cristiana persevera en aquello que todavía no ve. Esperamos porque Dios ha hablado.
Cristiano, puedes gemir, pero no necesitas desesperar. Puedes llorar, pero no lloras como quien no tiene esperanza. Puedes sentir el peso de un cuerpo que envejece, pero ese no será tu cuerpo final. Puedes contemplar un mundo quebrantado, pero este no será el mundo final. Puedes atravesar sufrimiento, pero este no es el capítulo final.
El capítulo final es gloria.
Cristo sufrió antes de entrar en su gloria. Cristo murió. Cristo resucitó. Y Cristo volverá.
Por eso nuestra esperanza no descansa en que mañana nuestras circunstancias necesariamente serán mejores. Descansa en algo infinitamente más seguro: Dios completará la redención que comenzó.
La creación será libertada. Nuestros cuerpos serán redimidos. Los hijos de Dios serán manifestados. Y la gloria que ahora solamente contemplamos por fe será finalmente nuestra experiencia eterna.
Hasta entonces, gemimos, esperamos y perseveramos, porque las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera.
Amén.
