Sermón
Dios obra en nuestra debilidad para llevarnos a la gloria
septiembre 13, 2026
Pastor. Lazaro Germade
Romanos 8:26–30
Hay momentos en la vida cristiana en los que sabemos exactamente qué pedir en oración, pero hay otros en los que el sufrimiento, la incertidumbre o la debilidad son tan grandes que apenas sabemos qué decir. Una enfermedad inesperada, una pérdida dolorosa, un hijo que se aleja, una puerta que se cierra o una oración que parece permanecer sin respuesta pueden llevarnos a preguntarnos qué está haciendo Dios.
Romanos 8:26–30 fue escrito precisamente para creyentes que viven en esa tensión. En los versículos anteriores, Pablo explicó que toda la creación gime y que nosotros también gemimos mientras esperamos la redención de nuestro cuerpo. Ahora añade algo profundamente consolador: mientras esperamos, no estamos solos. El Espíritu Santo nos ayuda en nuestra debilidad, Dios gobierna todas nuestras circunstancias y su propósito eterno garantiza que aquellos a quienes justificó serán finalmente glorificados.
Nuestra seguridad no descansa en comprender perfectamente la providencia de Dios, sino en saber que Dios comprende perfectamente nuestro camino y lo dirige hacia un propósito definido: hacernos semejantes a Jesucristo.
1. El Espíritu nos ayuda e intercede conforme a la voluntad de Dios
Pablo comienza diciendo: “Y de igual manera el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad”. La expresión “nos ayuda” procede de un verbo griego que comunica la idea de tomar una carga juntamente con otra persona. El Espíritu Santo no contempla nuestra debilidad desde lejos, sino que se acerca y nos auxilia en medio de ella.
Pablo reconoce además algo que resulta profundamente humillante: “qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos”. Incluso los creyentes maduros pueden encontrarse en situaciones donde no saben cuál sería la mejor respuesta de Dios. Muchas veces creemos saber exactamente lo que necesitamos y presentamos delante de Dios nuestra solución, nuestro calendario y el resultado que deseamos. Sin embargo, nuestra perspectiva es limitada.
Podemos pedir que Dios quite una dificultad que Él está utilizando para santificarnos. Podemos pedir que abra una puerta que en su sabiduría debe permanecer cerrada. Podemos interpretar como una pérdida aquello que Dios utilizará para producir un bien mucho mayor. Esto no significa que debamos dejar de pedir con claridad. La Escritura nos anima a presentar nuestras peticiones delante de Dios, pero debemos hacerlo reconociendo que su sabiduría es infinitamente superior a la nuestra.
La gran consolación del pasaje aparece cuando Pablo afirma: “el Espíritu mismo intercede por nosotros”. Nuestra oración puede ser imperfecta, pero nuestro Intercesor no lo es. Cuando nuestras palabras son confusas, el Espíritu conoce perfectamente la voluntad de Dios. Cuando apenas podemos expresar nuestro dolor, Dios comprende aquello que nosotros mismos no sabemos formular.
Pablo añade que el Espíritu “conforme a la voluntad de Dios intercede por los santos”. Nosotros podemos pedir equivocadamente, pero el Espíritu nunca lo hace. Existe perfecta armonía entre el Padre y el Espíritu. El Espíritu conoce nuestro corazón, conoce el propósito de Dios y obra a nuestro favor precisamente en nuestra debilidad.
Por eso la madurez cristiana no consiste en tener siempre una explicación para todo lo que ocurre. A veces la oración más madura puede ser: “Padre, yo no sé qué sería mejor, pero Tú sí. Yo deseo que este sufrimiento termine, pero deseo todavía más que se haga tu voluntad”. Cuando las palabras terminan, la ayuda del Espíritu continúa.
2. Dios gobierna todas las cosas para nuestro verdadero bien
Romanos 8:28 contiene una de las promesas más conocidas de toda la Biblia: “Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien”. Existe un contraste notable entre los versículos 26 y 28. En el versículo 26 Pablo dice “no sabemos”, pero en el versículo 28 dice “sabemos”.
Hay muchas cosas que no sabemos. No sabemos siempre qué pedir, cuánto durará una prueba, por qué Dios permite determinadas circunstancias o cuál será el resultado inmediato de aquello que estamos viviendo. Pero hay algo que sí sabemos: Dios no ha perdido el control de ninguna circunstancia que toca la vida de sus hijos.
Pablo dice “todas las cosas”. Eso incluye las circunstancias agradables y también las dolorosas, las puertas que se abren y las que se cierran, los éxitos y las decepciones, la salud y la enfermedad, las ganancias y las pérdidas. Sin embargo, Pablo no dice que todas las cosas sean buenas en sí mismas. El pecado no es bueno, la enfermedad no es buena, la traición no es buena y la muerte es un enemigo. La promesa consiste en que Dios es tan soberano que puede gobernar incluso aquello que es doloroso y utilizarlo para cumplir su propósito.
José comprendió esta verdad después de años de sufrimiento. Sus hermanos habían actuado perversamente contra él, pero al final pudo decirles: “Vosotros pensasteis mal contra mí, mas Dios lo encaminó a bien” (Génesis 50:20). El ejemplo supremo se encuentra en la cruz. La crucifixión de Jesucristo fue el acto más injusto cometido por hombres y, sin embargo, Dios utilizó precisamente aquel acontecimiento para realizar nuestra redención. Esto no convierte el mal en bien ni elimina la responsabilidad humana. Demuestra que el pecado humano nunca puede derrotar la providencia divina.
Pero debemos comprender correctamente la expresión “para bien”. Romanos 8:28 no promete necesariamente que después de perder algo recibiremos algo materialmente mejor, que toda enfermedad terminará en sanidad o que cada dificultad tendrá una explicación visible durante esta vida. El versículo siguiente define el bien: “ser hechos conformes a la imagen de su Hijo”.
Ese es el gran propósito de Dios. Nuestro bien supremo no es nuestra comodidad, sino nuestra semejanza a Cristo. Dios puede utilizar bendiciones para hacernos semejantes a Cristo, pero también puede utilizar sufrimientos. Puede utilizar respuestas afirmativas a nuestras oraciones, pero también puede utilizar sus negativas. Puede utilizar temporadas de abundancia y temporadas de necesidad.
Juan Calvino observó al comentar este pasaje que las aflicciones del creyente están relacionadas con el propósito de Dios de conformarlo a Cristo. Esto transforma la pregunta que hacemos durante la prueba. En lugar de preguntar solamente: “¿Cómo puedo salir de esta situación?”, también debemos preguntar: “¿Cómo puede Dios utilizar esta situación para hacerme más semejante a Cristo?”.
Tal vez exista actualmente un hilo oscuro en nuestra vida que no comprendemos. Pero nosotros vemos solamente una pequeña parte del tapiz, mientras Dios contempla el diseño completo. No necesitamos llamar bueno al dolor, pero tampoco debemos concluir que ese dolor está fuera del propósito de Dios. Nada que llegue a la vida del hijo de Dios será finalmente inútil en las manos del Padre.
3. Dios cumplirá su propósito de conformarnos a Cristo y llevarnos a la gloria
Pablo explica entonces por qué puede hablar con tanta seguridad: “Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo”. Ahora lleva nuestra mirada mucho más atrás que nuestras circunstancias actuales, antes de nuestra enfermedad, antes de nuestra conversión y antes incluso de nuestro nacimiento. Nos lleva al propósito eterno de Dios.
Nuestra salvación no fue una improvisación divina. Dios no comenzó una obra sin saber cómo terminaría. El texto dice que Dios predestinó a su pueblo para un propósito específico: “ser hechos conformes a la imagen de su Hijo”. Aquí encontramos nuevamente la explicación de Romanos 8:28. Dios está utilizando todas las cosas para formar en nosotros el carácter de Cristo.
Quiere hacernos semejantes a Él en santidad, amor, obediencia, humildad, confianza en el Padre y fidelidad aun en medio del sufrimiento. Esto significa que algunas de las circunstancias que nosotros desearíamos eliminar inmediatamente pueden convertirse en instrumentos mediante los cuales Dios está formando a Cristo en nosotros.
Pablo añade que todo esto ocurre “para que él sea el primogénito entre muchos hermanos”. El centro del propósito de Dios no somos nosotros, sino Cristo. Cristo es el Hijo eterno y supremo, y Dios está reuniendo alrededor de Él una familia de hijos adoptados que finalmente reflejarán su imagen.
Entonces Pablo presenta una de las declaraciones más extraordinarias de toda la carta: “Y a los que predestinó, a éstos también llamó; y a los que llamó, a éstos también justificó; y a los que justificó, a éstos también glorificó”. Observe la continuidad. Los que son predestinados son llamados, los llamados son justificados y los justificados son glorificados.
Pablo no presenta una salvación que Dios comienza y después abandona a mitad del camino. Filipenses 1:6 declara: “El que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo”. Lo más sorprendente es que Pablo habla de nuestra glorificación en tiempo pasado: “glorificó”.
Desde nuestra experiencia, la glorificación todavía es futura. Nuestros cuerpos todavía envejecen, todavía luchamos contra el pecado y todavía esperamos la resurrección. Pero desde la perspectiva del propósito soberano de Dios, nuestra gloria futura es tan segura que Pablo puede hablar de ella como una realidad cumplida.
John Owen insistía en que el creyente debe someter humildemente su entendimiento a la sabiduría de Dios en medio de sus providencias. Esa confianza no significa pasividad, sino descansar en que Dios jamás abandona aquello que se ha propuesto realizar en sus hijos.
Por eso nuestra seguridad final no descansa en la fuerza con la que nosotros sostenemos a Dios, sino en la fidelidad con la que Dios sostiene a quienes están en Cristo. Esto no elimina nuestra responsabilidad. Seguimos luchando contra el pecado, seguimos orando, obedeciendo y perseverando, pero lo hacemos sabiendo que Dios está obrando en nosotros y que su propósito no puede fracasar.
Conclusión
Romanos 8:26–30 comienza con creyentes que ni siquiera saben cómo orar y termina con esos mismos creyentes glorificados. Ese recorrido resume la grandeza de la gracia de Dios. Comenzamos con debilidad, pero el Espíritu intercede. Atravesamos circunstancias que no comprendemos, pero Dios gobierna. Experimentamos sufrimiento, pero Dios lo incorpora dentro de su propósito. Todavía estamos lejos de parecernos perfectamente a Cristo, pero Dios continúa trabajando. Y todavía no hemos sido glorificados, pero nuestra glorificación está asegurada por el mismo Dios que nos llamó y nos justificó.
Por eso, cuando no sepamos qué pedir, debemos seguir orando. Cuando no comprendamos lo que Dios está haciendo, debemos seguir confiando. Cuando una circunstancia parezca incompatible con su bondad, debemos mirar nuevamente a la cruz. Y cuando sintamos temor acerca de nuestro futuro, debemos recordar que el propósito de Dios no termina en nuestra debilidad presente, sino en gloria.
Tal vez hoy no podamos decir: “Entiendo todas las cosas”. Pero podemos decir algo mucho más importante: “Conozco al Dios que gobierna todas las cosas”. No sabemos siempre por qué sufrimos, pero Dios obra. No sabemos siempre qué pedir, pero el Espíritu intercede. No sabemos qué traerá mañana, pero conocemos el propósito final: ser conformados a la imagen de Cristo y llevados a la gloria.
La providencia de Dios no promete una vida sin lágrimas. Promete algo mayor: que ninguna lágrima, ninguna pérdida, ninguna debilidad y ninguna circunstancia podrá impedir que Dios complete el propósito que comenzó en aquellos que pertenecen a Jesucristo.
