Sermón
La seguridad invencible del amor de Dios
septiembre 20, 2026
Pastor. Lazaro Germade
Romanos 8:31–39
INTRODUCION
Romanos 8 termina de una manera profundamente consoladora. Pablo ha llevado al creyente desde la declaración de que “ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús” hasta la seguridad de que nada podrá separarnos del amor de Dios.
En los versículos anteriores ha explicado que Dios conoció, predestinó, llamó, justificó y glorificó a su pueblo. Por eso, al llegar al versículo 31, hace una pregunta que resume todo lo anterior: “¿Qué, pues, diremos a esto?”.
A partir de ahí aparecen varias preguntas más: ¿Quién contra nosotros? ¿Quién acusará? ¿Quién condenará? ¿Quién nos separará?
No son preguntas nacidas de la duda, sino de la certeza. Pablo está mostrando que, si Dios ha decidido salvar a su pueblo en Cristo, no existe poder capaz de frustrar ese propósito.
Nuestra seguridad, por tanto, no descansa en la firmeza de nuestras emociones ni en nuestra capacidad para mantenernos fuertes todos los días. Descansa en Dios.
1. Dios está por nosotros y entregó a su Hijo por nuestra salvación
Pablo pregunta: “Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros?”. Esto no significa que el creyente nunca tendrá enemigos. Pablo mismo conoció persecución, cárcel, golpes y rechazo. Lo que está diciendo es algo mucho más profundo: si Dios está a favor de nuestra salvación, nadie puede oponerse con éxito a su propósito.
Aquí está una de las grandes diferencias entre la seguridad bíblica y la confianza en uno mismo. Pablo no nos dice que miremos nuestra fortaleza, sino la de Dios.
Nuestra fe puede pasar por momentos de debilidad. Podemos sentirnos cansados, confundidos o incluso temerosos. Pero el propósito de Dios no cambia con nuestras emociones.
Pablo presenta entonces la prueba más grande de que Dios está por nosotros: “El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros”.
Cuando dudamos del amor de Dios, solemos mirar primero nuestras circunstancias. Si las cosas van bien, pensamos que Dios está cerca. Si todo se complica, empezamos a preguntarnos si se ha olvidado de nosotros.
Pablo nos enseña a mirar en otra dirección: a la cruz.
Romanos 5:8 dice que Dios mostró su amor para con nosotros “en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros”. La cruz es la demostración más clara y definitiva de que Dios está comprometido con la salvación de su pueblo.
El argumento de Pablo es sencillo y poderoso. Si Dios ya entregó lo más precioso, a su propio Hijo, ¿cómo podría abandonar después aquello que Cristo vino a salvar?
R.C. Sproul solía resumir esta verdad con una expresión de la Reforma: Deus pro nobis, “Dios por nosotros”. Nuestra seguridad no comienza con cuán bien estamos nosotros con Dios, sino con el hecho de que Dios ha actuado a favor nuestro en Cristo.
Por eso, cuando no entendamos lo que está ocurriendo, debemos volver a la cruz. Las circunstancias cambian. La cruz permanece.
2. Ninguna acusación puede anular el veredicto de Dios
Pablo continúa: “¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica”.
La imagen es la de un tribunal. Y el punto de Pablo no es que no existan cargos reales contra nosotros. Hemos pecado de verdad. Hemos fallado de verdad. Nuestra conciencia muchas veces nos lo recuerda.
El evangelio no consiste en fingir que somos inocentes. Consiste en algo mucho más glorioso: Dios justifica al pecador que está unido a Cristo.
Satanás puede acusar. Nuestra conciencia puede acusar. Otras personas pueden traer a nuestra memoria errores y pecados del pasado. Pero ninguna de esas voces tiene la última palabra.
Pablo dice: “Dios es el que justifica”.
Romanos 5:1 declara: “Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo”. Si el Juez supremo ha declarado justo al creyente en Cristo, no existe un tribunal superior al cual alguien pueda apelar.
Pablo añade entonces: “Cristo es el que murió; más aun, el que también resucitó”.
Nuestra seguridad no está en minimizar el pecado. Está en la suficiencia de Cristo.
Él murió por nuestros pecados. Resucitó victorioso. Está a la diestra de Dios. E intercede por nosotros.
Hebreos 7:25 dice que Cristo “puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos”.
John Owen insistía en que nuestra certeza del amor de Dios debe descansar en lo que Dios ha revelado, no simplemente en cómo nos sentimos en un momento determinado. Esto es especialmente importante cuando la conciencia nos acusa.
No encontramos paz diciendo: “Mi pecado no fue tan grave”. Encontramos paz diciendo: “Mi pecado sí fue grave, pero Cristo es un Salvador suficiente”.
Cuando el acusador diga: “Eres culpable”, el creyente puede responder: “Sí, por eso necesito a Cristo”. Cuando diga: “No mereces salvación”, puede responder: “Nunca afirmé merecerla; soy salvo por gracia”.
La última palabra no pertenece al acusador. Pertenece al Dios que justifica.
3. Ningún sufrimiento puede separarnos del amor de Cristo
Pablo pregunta ahora: “¿Quién nos separará del amor de Cristo?”, y menciona tribulación, angustia, persecución, hambre, desnudez, peligro y espada.
Estas no eran ideas teóricas para él. Pablo había vivido muchas de ellas.
Esto nos recuerda que el evangelio nunca promete una vida sin sufrimiento. Ser cristiano no significa estar protegido de toda enfermedad, pérdida, persecución o dolor.
A veces, precisamente en medio de esas pruebas, puede aparecer una pregunta difícil: “¿Me habrá abandonado Dios?”.
La Biblia reconoce que un creyente puede sentirse así. Los salmos contienen oraciones nacidas de ese tipo de angustia. Pero una cosa es sentirnos abandonados y otra muy diferente estar realmente abandonados.
R.C. Sproul señalaba que en momentos de prueba debemos aprender a creer la Palabra de Dios por encima de nuestros sentimientos. Romanos 8 no pregunta si siempre sentimos intensamente el amor de Dios. Pregunta si existe algo capaz de separarnos de ese amor.
La respuesta de Pablo es no.
Dice: “Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó”.
Observe que no dice “fuera de todas estas cosas”. Dice “en todas estas cosas”.
La victoria cristiana no consiste siempre en escapar del sufrimiento. Muchas veces consiste en permanecer fiel dentro de él.
Esteban fue apedreado, pero no fue derrotado. Los apóstoles fueron perseguidos, pero no fueron abandonados. Muchos creyentes han muerto por su fe y, sin embargo, entraron en la presencia de Cristo.
John MacArthur ha señalado que lo que sostiene al creyente en este pasaje es el amor de Cristo por los suyos. Nuestra seguridad no depende principalmente de cuánto logramos aferrarnos a Él, sino de la fidelidad con la que Él nos sostiene.
Un niño puede pensar que está seguro porque aprieta con fuerza la mano de su padre. Pero su verdadera seguridad está en que su padre no lo suelta.
Así ocurre con nosotros.
El sufrimiento puede quitarnos muchas cosas, pero no puede quitarnos a Cristo.
4. Ningún poder creado puede separarnos del amor de Dios en Cristo
Pablo termina diciendo: “Por lo cual estoy seguro”.
No está hablando con incertidumbre. Está convencido.
Entonces menciona los grandes extremos de la existencia: “ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo”.
La muerte parece ser el gran separador. Separa familias, matrimonios y amigos. Pero hay una relación que ni siquiera la muerte puede romper: nuestra unión con Cristo.
Para el creyente, morir no significa ser separado de Cristo. Significa entrar en su presencia.
Pablo tampoco teme los poderes espirituales. Satanás es real y poderoso, pero no es soberano. Los principados y potestades siguen siendo criaturas bajo la autoridad de Cristo.
Después menciona “lo presente” y “lo por venir”. Muchas veces podemos confiar en Dios hoy y, sin embargo, tener miedo de mañana. Nos preguntamos qué prueba vendrá, qué ocurrirá con nuestra salud, nuestra familia o nuestro futuro.
Pablo responde que nada de eso puede separarnos del amor de Dios.
Nada futuro puede sorprender al Dios que ya conoce el final desde el principio.
Y por si alguien pensara que queda alguna excepción, Pablo añade: “ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro”.
Esa frase cierra toda posibilidad.
Nada creado puede romper lo que Dios ha establecido en Cristo.
Nuestra seguridad no nace simplemente de sentirnos seguros. Está anclada en una realidad objetiva: Jesucristo murió, resucitó, reina e intercede por nosotros.
Conclusión
Romanos 8 comenzó con “ninguna condenación” y termina con “ninguna separación”.
Entre esas dos declaraciones encontramos toda la obra de Dios.
Él está por nosotros. Entregó a su Hijo. Nos justificó. Cristo murió, resucitó e intercede. El Espíritu habita en nosotros. Y ninguna circunstancia, acusación o sufrimiento puede destruir lo que Dios ha comenzado.
Esto no significa que el creyente nunca tendrá miedo o que siempre se sentirá fuerte. Significa que su salvación no descansa en su fortaleza.
Nuestra seguridad no está en que nadie se oponga a nosotros, sino en que Dios está por nosotros. No está en que nunca seamos acusados, sino en que Dios nos ha justificado. No está en que nunca suframos, sino en que ningún sufrimiento puede separarnos de Cristo.
John Owen entendía que la seguridad del amor de Dios no produce descuido, sino gratitud y obediencia. Cuando alguien comprende cuánto ha sido amado, no responde con indiferencia, sino con deseo de vivir para Aquel que lo amó.
Por eso, cuando lleguen días difíciles, no necesitamos fingir que todo está bien. Podemos llorar, luchar y sentir el peso de la prueba. Pero también podemos recordar que ninguna de esas cosas tiene la última palabra.
La última palabra pertenece a Dios.
Y Romanos 8 nos asegura que, para quienes están en Cristo, esa palabra no es condenación, sino gracia; no es abandono, sino amor; no es separación, sino comunión eterna con Jesucristo.
Nada podrá separarnos del amor de Dios que es en Cristo Jesús Señor nuestro.
