Sermón

Un corazón quebrantado por los que están lejos de Cristo

septiembre 27, 2026 Pastor. Lazaro Germade

septiembre 26, 2026
Pastor. Lazaro Germade
Romanos 9:1–5

Romanos 8 termina en una de las declaraciones más consoladoras de toda la Escritura: nada puede separar al creyente del amor de Dios que es en Cristo Jesús. Pablo acaba de mostrarnos que Dios conoció, predestinó, llamó, justificó y glorificó a su pueblo. La salvación descansa en el propósito soberano y fiel de Dios.

Pero cuando comienza Romanos 9 sucede algo sorprendente. El hombre que acaba de hablar con tanta seguridad acerca de la elección, la justificación y la perseverancia de los santos no comienza este nuevo capítulo con una discusión fría acerca de la soberanía divina. Comienza hablando de lágrimas.

La situación de la iglesia en Roma hacía especialmente importante la pregunta que Pablo está a punto de responder. Muchos judíos habían sido expulsados de la ciudad durante el gobierno del emperador Claudio y, cuando algunos regresaron, encontraron una iglesia con una presencia gentil cada vez mayor. Esto inevitablemente levantaba preguntas: ¿qué había sucedido con Israel?, ¿habían fracasado las promesas hechas a Abraham?, ¿había rechazado Dios a su pueblo?, ¿cómo podía hablarse de la fidelidad de Dios cuando tantos israelitas rechazaban al Mesías?

Pablo responderá esas preguntas a lo largo de Romanos 9–11. Hablará de elección, misericordia, endurecimiento, el remanente, judíos y gentiles y la fidelidad de Dios a sus promesas. Pero antes de presentar esos argumentos nos permite ver su corazón. Pablo dice que tiene “gran tristeza y continuo dolor” por sus compatriotas. La soberanía de Dios no lo ha convertido en un hombre indiferente. La elección no ha extinguido sus lágrimas.

Aquí encontramos la verdad que gobierna todo el pasaje: quien ha comprendido verdaderamente la gracia soberana de Dios no puede permanecer indiferente ante quienes todavía están separados de Cristo.

1. Un corazón transformado por la gracia siente profundo dolor por los perdidos

Pablo comienza diciendo: “Digo la verdad en Cristo, no miento”. Incluso apela al testimonio de su conciencia en el Espíritu Santo. Habla con tanta solemnidad porque algunos podían pensar que su ministerio entre los gentiles y su oposición a la justificación por las obras significaban que había dejado de amar a Israel. Pablo quiere dejar claro que no es así.

Su doctrina acerca de la gracia nunca eliminó el amor por su pueblo. Al contrario, confiesa que siente “gran tristeza y continuo dolor” en su corazón. No se trata de una preocupación ocasional ni de una emoción pasajera. Pablo vive con una carga profunda por aquellos que, a pesar de todos sus privilegios espirituales, permanecen separados de Cristo.

Esto resulta especialmente significativo porque este es el mismo Pablo que acaba de escribir Romanos 8. Cree firmemente en la soberanía de Dios, en la elección, en el llamamiento eficaz y en la seguridad final del creyente. Sin embargo, ese mismo hombre llora por los perdidos.

Por eso hay algo profundamente equivocado cuando alguien utiliza la doctrina de la elección como excusa para la indiferencia evangelística. Pablo nunca vio contradicción entre la soberanía de Dios y la responsabilidad de proclamar el evangelio. Dios determina el fin, pero también determina los medios. Él salva, pero también envía mensajeros. Él abre el corazón, pero hace que el evangelio sea anunciado. Por eso, solamente un capítulo después, Pablo preguntará: “¿Cómo creerán en Aquel de quien no han oído?”.

Esta verdad debe llevarnos a examinarnos. Podemos hablar de los perdidos sin sentir realmente el peso de su condición. Podemos mencionar nombres durante años en nuestras oraciones y acostumbrarnos tanto a hacerlo que dejemos de pensar seriamente en lo que significa estar separado de Cristo.

Pensemos en nuestros hijos, nuestros padres, nuestros hermanos, nuestros vecinos o compañeros de trabajo. Tal vez conocen nuestra fe, saben que vamos a la iglesia e incluso han escuchado el evangelio muchas veces. Pero la pregunta importante sigue siendo: ¿conocen a Cristo?

La tragedia más grande de una persona no es la pobreza, la enfermedad, una crisis familiar ni siquiera la muerte física. La tragedia suprema es morir sin Cristo. Podemos ayudar a alguien a ordenar muchos aspectos de su vida y, sin embargo, dejar intacta su necesidad fundamental. Si continúa separado de Cristo, sigue necesitando aquello que solamente el evangelio puede darle.

Una iglesia que comprende la gracia no puede mirar tranquilamente esa realidad. Ora, predica, invita, testifica y persevera.

2. Un corazón transformado por la gracia ama sacrificialmente

En el versículo 3 Pablo utiliza una de las expresiones más intensas de todas sus cartas. Dice que desearía, si fuera posible, quedar él mismo bajo maldición y separado de Cristo por amor a sus hermanos.

Pablo no está diciendo que pueda perder su salvación. Eso contradiría lo que acaba de afirmar al final de Romanos 8. Tampoco está sugiriendo que pueda convertirse en sustituto por otros pecadores. Pablo no puede redimir a nadie. Está expresando, de la manera más fuerte posible, la profundidad de su amor por aquellos que permanecen en incredulidad.

Sus palabras recuerdan a Moisés cuando intercedió por Israel después del pecado del becerro de oro. Moisés estuvo dispuesto a ponerse en medio por el pueblo. Pablo expresa aquí un deseo semejante. Pero ninguno de los dos podía hacer aquello que deseaba.

Cristo sí pudo.

Aquí el texto nos conduce directamente al corazón del evangelio. Pablo expresa que estaría dispuesto a cargar con la maldición por sus hermanos; Cristo realmente cargó con la maldición de su pueblo. Nosotros éramos culpables y Él era inocente. Nosotros merecíamos condenación y Él tomó sobre sí el juicio. Nosotros estábamos bajo la ira y Cristo ocupó el lugar del pecador.

Esta verdad destruye cualquier motivo de orgullo. Si estamos en Cristo, no es porque fuéramos mejores, más inteligentes o más sensibles espiritualmente que quienes todavía permanecen lejos de Él. Nosotros también estábamos muertos en nuestros pecados. Nosotros también necesitábamos misericordia.

Por eso, cuando vemos a alguien profundamente atrapado en el pecado, la pregunta no debería ser: “¿Cómo puede vivir así?”. Tal vez una pregunta más apropiada sería: “¿Por qué yo no estoy todavía allí?”.

La respuesta es gracia.

Cuando entendemos esto, nuestra manera de evangelizar cambia. No hablamos al incrédulo desde una posición de superioridad. Hablamos como pecadores que también necesitaron ser rescatados. Seguimos orando, seguimos proclamando a Cristo, seguimos mostrando paciencia y nos negamos a declarar imposible la conversión de alguien.

El propio Pablo es prueba de ello. Había perseguido a la iglesia, había aprobado la muerte de Esteban y respiraba amenazas contra los discípulos. Humanamente hablando, pocos habrían pensado que aquel hombre llegaría a convertirse en apóstol de Jesucristo.

Pero Cristo lo alcanzó.

Nunca debemos mirar a una persona y concluir que está demasiado lejos. La gracia soberana de Dios puede alcanzar donde nosotros no podemos llegar, abrir el corazón que nosotros no podemos abrir y dar vida al que está espiritualmente muerto.

3. Un corazón transformado por la gracia sabe que ningún privilegio religioso puede sustituir a Cristo

Pablo dirige ahora nuestra atención hacia los extraordinarios privilegios de Israel. Está hablando de sus compatriotas, del Israel histórico descendiente de Abraham, Isaac y Jacob. Dios les había concedido la adopción como pueblo del pacto, la manifestación de su gloria, los pactos, la ley, el culto, las promesas y los patriarcas.

Era un patrimonio espiritual extraordinario.

Pero Pablo reserva para el final el privilegio mayor: de Israel vino Cristo según su humanidad. Todas aquellas bendiciones apuntaban finalmente hacia Él. La ley señalaba hacia Cristo. Los sacrificios anticipaban su obra. Las promesas anunciaban su venida. Los patriarcas esperaban el cumplimiento del propósito de Dios.

Y ahí aparece la tragedia. Muchos que habían recibido las señales rechazaron precisamente a Aquel hacia quien las señales apuntaban.

Esto contiene una advertencia seria para nosotros: es posible vivir rodeado de privilegios espirituales y permanecer lejos de Cristo.

Israel tenía el templo; nosotros podemos tener una iglesia. Israel tenía la ley; nosotros podemos tener varias Biblias en casa. Israel tenía maestros; nosotros podemos escuchar sermones todos los domingos. Israel conocía los pactos; nosotros podemos estudiar teología del pacto. Podemos conocer las doctrinas de la gracia, participar fielmente del culto y hablar correctamente acerca de muchas verdades bíblicas.

Pero ninguna de esas cosas puede sustituir a Cristo.

La gran pregunta no es simplemente: “¿Vienes a la iglesia?”. La pregunta es: “¿Estás en Cristo?”.

No es solamente: “¿Conoces buena doctrina?”. La pregunta es: “¿Conoces al Cristo del que habla esa doctrina?”.

No es simplemente: “¿Fuiste criado en un hogar cristiano?”. La pregunta es: “¿Has descansado personalmente en Cristo como tu única esperanza delante de Dios?”.

Los privilegios espirituales son bendiciones, pero nunca han salvado a nadie. Cristo salva.

Conclusión

Romanos 8 termina con seguridad y Romanos 9 comienza con lágrimas. Necesitamos ambas cosas.

Necesitamos una teología suficientemente sólida para poder decir que nada puede separarnos del amor de Dios que es en Cristo Jesús. Pero también necesitamos un corazón suficientemente sensible para sentir tristeza por quienes todavía permanecen separados de Cristo.

No debemos escoger entre soberanía y evangelización. Pablo nunca lo hizo. No debemos escoger entre elección y compasión. Pablo nunca lo hizo. No debemos escoger entre doctrina profunda y lágrimas por los perdidos.

Cuanto más comprendemos la gracia, menos razones tenemos para sentirnos superiores a los demás. Y cuanto más comprendemos lo que significa estar separado de Cristo, más razones tenemos para orar por quienes todavía no lo conocen.

Quizá exista alguien por quien hemos orado durante años. Puede ser un hijo, una hija, un esposo, una esposa, un hermano, un padre o un amigo. Tal vez hemos pensado: “No quiere saber nada”, “ya he hablado demasiadas veces”, “no cambia” o “cada día parece estar más lejos”.

Entonces debemos recordar quién escribió Romanos 9.

Un hombre que había perseguido cristianos. Un hombre que había intentado destruir la iglesia. Un hombre a quien muy pocos habrían considerado un candidato probable para la conversión.

Pero Cristo lo alcanzó.

Por eso seguimos orando. Seguimos proclamando. Seguimos esperando. No porque confiemos en nuestra capacidad para convencer a alguien, sino porque confiamos en el poder de Dios para salvar.

Romanos 9 continuará respondiendo preguntas profundas acerca de Israel, las promesas, la elección y la misericordia soberana de Dios. Pero antes de llevarnos allí, estos primeros versículos nos dejan frente a una pregunta mucho más personal:

Si hemos recibido tanta misericordia, ¿dónde están nuestras lágrimas por quienes todavía no conocen a Cristo?

La verdadera doctrina de la gracia no produce hombres orgullosos contemplando su elección. Produce pecadores rescatados que miran a otros pecadores y claman:

“Señor, así como tuviste misericordia de mí, ten misericordia también de ellos”.

Soli Deo Gloria.