Sermón
La fidelidad de Dios a sus promesas
Romanos 9:25-29
Introducción
¿Ha fallado Dios en sus promesas a Israel? Esta es una de las preguntas que el apóstol Pablo viene respondiendo desde Romanos 9:6. Y no era una dificultad menor. Dios había escogido a Israel entre las naciones, le había dado sus pactos, su ley y sus promesas. De ese pueblo, según la carne, había venido Jesucristo. Sin embargo, una gran parte de los israelitas había rechazado al Mesías.
¿Cómo podía explicarse aquello? Si Israel era el pueblo escogido, ¿por qué tantos permanecían en incredulidad mientras los gentiles estaban recibiendo el evangelio?
Pablo no evita el problema. Desde el comienzo del capítulo ha venido demostrando que las promesas de Dios nunca significaron que todos los descendientes físicos de Abraham serían salvos. La elección de Isaac en lugar de Ismael, y posteriormente la de Jacob en lugar de Esaú, había puesto de manifiesto que el propósito divino no descansaba en los derechos de la descendencia natural, sino en la voluntad soberana de Dios.
En los versículos anteriores, el apóstol ha hablado de los vasos de misericordia que Dios preparó de antemano para gloria. Y en el versículo 24 hace una declaración decisiva: esos vasos de misericordia han sido llamados tanto de entre los judíos como de entre los gentiles.
Ahora Pablo necesita demostrar que esta realidad concuerda con las Escrituras. Para ello recurre a dos profetas del Antiguo Testamento: Oseas e Isaías. Sus testimonios permiten comprender que la incorporación de los gentiles y la salvación de un remanente de Israel forman parte del cumplimiento del propósito divino.
Dios permanece fiel a sus promesas al llamar por gracia a los gentiles y preservar por misericordia un remanente de Israel.
¿Cómo demuestra Pablo esta fidelidad? Examinemos los dos testimonios proféticos que presenta.
I. Dios llama por gracia a quienes no eran su pueblo (vv. 25-26)
a. La misericordia divina alcanza a quienes estaban alejados de Dios (v. 25)
Para comprender la primera cita de Pablo debemos regresar al libro de Oseas. El profeta ejerció su ministerio durante un período de profunda decadencia espiritual en Israel. El pueblo había abandonado al Señor y se había entregado a la idolatría. Seguía conservando su identidad religiosa, pero vivía en abierta infidelidad al pacto.
Dios utilizó la propia vida familiar del profeta para representar aquella situación. Dos de sus hijos recibieron nombres que anunciaban el juicio divino: Lo-ruhamá, que significa «No compadecida», y Lo-ammí, «No es pueblo mío».
Aquellos nombres expresaban la gravedad de la condición de Israel. Pero el mismo Dios que anunció el juicio también prometió restaurar a su pueblo. En Oseas 2:23 encontramos la promesa de que aquellos que habían sido rechazados volverían a ser reconocidos como suyos.
Debemos tener presente que, en su contexto original, Oseas estaba hablando de Israel. Pablo, sin embargo, aplica estas palabras a la incorporación de los gentiles. Reconoce en aquella promesa de restauración una manifestación de la misericordia divina que ahora alcanza también a las naciones mediante Jesucristo.
Los gentiles habían permanecido durante siglos fuera de los privilegios particulares concedidos a Israel. Pablo describe su antigua condición en Efesios 2:12: estaban separados de Cristo, alejados de los pactos de la promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo.
Esa era también nuestra condición espiritual fuera de Cristo. No teníamos ningún derecho que pudiéramos presentar delante de Dios para exigir nuestra salvación. Si hoy pertenecemos a su pueblo, ha sido porque Él tuvo misericordia de nosotros.
Conviene recordar esto, especialmente cuando llevamos muchos años en la iglesia. Podemos acostumbrarnos tanto a nuestra condición de creyentes que terminamos olvidando lo que éramos antes de conocer al Señor. La gracia deja de sorprendernos y comenzamos a mirar nuestra vida cristiana como si fuera algo que naturalmente nos correspondiera.
Pero nadie nace siendo salvo por pertenecer a una familia cristiana. Nadie puede reclamar la misericordia divina como una recompensa por su conducta.
b. El llamamiento de Dios transforma nuestra condición espiritual (v. 25)
Hay una palabra que merece nuestra atención en el versículo 25: «llamaré».
Dios es quien realiza la acción. Él llama pueblo suyo a quienes anteriormente no lo eran. La iniciativa procede enteramente del Señor.
Esto se relaciona directamente con el versículo 24, donde Pablo identifica a los vasos de misericordia como aquellos a quienes Dios ha llamado. No estamos ante una decisión improvisada, sino ante el cumplimiento de su propósito eterno.
En Romanos 8:30, Pablo ya había explicado que aquellos a quienes Dios predestinó, también los llamó, y a quienes llamó, también los justificó. Se trata del llamamiento eficaz mediante el cual Dios, por su Espíritu y a través del evangelio, conduce a los suyos al arrepentimiento y a la fe.
Esto no significa que el hombre sea salvo sin creer. La fe en Jesucristo es indispensable. Pero aun nuestra respuesta al evangelio tiene su origen en la obra misericordiosa de Dios.
Pensemos en nuestra propia conversión. Algunos escucharon la Palabra desde su infancia. Otros pasaron buena parte de su vida lejos de la iglesia. Quizás recordamos con claridad el sermón que Dios utilizó para convencernos de pecado o la persona que nos habló por primera vez de Jesucristo.
Sin embargo, detrás de todas aquellas circunstancias estaba obrando el Señor. Él utilizó esos medios para llevarnos al conocimiento de su Hijo.
Por eso nadie puede gloriarse delante de Dios. Como pregunta Pablo en 1 Corintios 4:7: «¿Qué tienes que no recibiste?».
c. Los llamados reciben una nueva identidad delante de Dios (v. 26)
En el versículo 26, Pablo cita otra promesa de Oseas. Aquellos que anteriormente no eran reconocidos como pueblo de Dios ahora reciben un nombre extraordinario: «hijos del Dios viviente».
Pensemos en el contraste. Los gentiles habían vivido adorando dioses falsos, ídolos incapaces de escuchar sus oraciones o librarlos de sus pecados. Ahora, mediante Jesucristo, son recibidos entre los que pertenecen al Dios verdadero.
La expresión «hijos del Dios viviente» habla de una relación que antes no disfrutaban. Dios los reconoce como suyos.
Esta verdad nos recuerda lo que Pablo enseñó en Romanos 8:15-17 acerca de nuestra adopción. Los creyentes hemos recibido el Espíritu de adopción, por quien podemos acercarnos a Dios y llamarlo Padre.
¿Comprendemos realmente el privilegio que esto representa? Nosotros, que por naturaleza éramos pecadores y estábamos separados de Dios, hemos sido recibidos como hijos mediante Jesucristo.
Esta realidad debería producir una profunda humildad en nuestra manera de tratar a los demás. No tenemos motivos para mirar con desprecio a quienes todavía permanecen en incredulidad. Si hoy conocemos al Señor, ha sido por su misericordia.
Y tampoco debemos pensar que alguna persona está demasiado lejos para ser alcanzada por el evangelio. Dios sigue llamando a pecadores mediante la predicación de su Palabra.
La misma gracia que nos alcanzó puede alcanzar a otros.
II. Dios preserva por misericordia un remanente de Israel (vv. 27-29)
a. La descendencia natural de Abraham no garantiza la salvación (v. 27)
Después de citar a Oseas, Pablo se dirige al profeta Isaías. Su propósito es mostrar que la incredulidad de muchos israelitas tampoco contradice las promesas de Dios.
En Isaías 10:22 encontramos una declaración sorprendente: aunque los hijos de Israel fueran tan numerosos como la arena del mar, solamente un remanente sería salvo.
La referencia a la arena del mar nos recuerda la promesa que Dios hizo a Abraham de multiplicar grandemente su descendencia. Y ciertamente aquella promesa se cumplió. Israel llegó a convertirse en una nación numerosa.
Sin embargo, la multiplicación de sus descendientes nunca significó que todos participarían individualmente de la salvación.
Este es el mismo argumento que Pablo había presentado al comenzar el capítulo: «Porque no todos los descendientes de Israel son Israel» (Romanos 9:6).
En tiempos de Isaías, el pueblo había caído en una profunda desobediencia y se encontraba bajo la amenaza del juicio divino. El profeta anunció que solamente un remanente sobreviviría y volvería al Señor.
Pablo utiliza esta declaración para explicar la situación de Israel ante el evangelio. Aunque muchos judíos habían rechazado a Jesucristo, otros habían creído. El propio Pablo pertenecía a ese remanente creyente.
Por tanto, Dios no había abandonado sus promesas. Estaba cumpliendo lo que había anunciado.
Esta enseñanza tiene una aplicación que no debemos pasar por alto. Pertenecer externamente al pueblo de Dios no equivale necesariamente a haber experimentado la salvación.
Podemos haber crecido en una familia cristiana, conocer las Escrituras, asistir regularmente a los cultos y participar en las actividades de la iglesia. Son privilegios importantes, pero ninguno de ellos puede sustituir la obra regeneradora del Espíritu Santo.
Nicodemo era maestro de Israel. Conocía la ley y las tradiciones de su pueblo. Sin embargo, Jesús le declaró que necesitaba nacer de nuevo (Juan 3:3).
Lo mismo debemos recordar nosotros. No basta con conocer las doctrinas de la gracia; necesitamos haber experimentado personalmente esa gracia mediante la fe en Jesucristo.
b. La palabra de Dios se cumple también en sus advertencias de juicio (v. 28)
El versículo 28 continúa la profecía de Isaías y anuncia que Dios ejecutará su palabra de manera cierta y definitiva.
En su contexto original, el profeta se refería al juicio que vendría sobre Israel como consecuencia de su rebelión. La nación había recibido grandes privilegios, pero había despreciado repetidamente los mandamientos del Señor.
Pablo recuerda esta profecía porque el cumplimiento de las promesas divinas incluye también la certeza de sus advertencias.
Dios es fiel cuando salva, pero también cuando ejecuta el juicio que ha anunciado. Su santidad no puede separarse de su misericordia.
A veces hablamos con facilidad del amor de Dios, pero evitamos considerar su justicia. Sin embargo, las Escrituras presentan ambas verdades con absoluta claridad. El Señor es paciente con los pecadores, pero su paciencia no significa que haya dejado de aborrecer el pecado.
Romanos 2:4 nos recuerda que la bondad y la paciencia de Dios deben conducirnos al arrepentimiento.
Israel había recibido la ley, los profetas y las promesas. Aun así, esos privilegios no lo colocaban por encima del juicio divino. ¿Qué deberíamos pensar entonces nosotros, que tenemos la revelación del evangelio de Jesucristo?
No podemos descansar en nuestra religión mientras vivimos deliberadamente en desobediencia al Señor.
La Palabra de Dios debe ser escuchada con reverencia, tanto cuando nos consuela como cuando confronta nuestro pecado. Y precisamente porque el juicio es una realidad, debemos anunciar el evangelio con seriedad y compasión.
c. La preservación del remanente depende de la misericordia de Dios (v. 29)
Pablo termina esta sección citando Isaías 1:9. El profeta reconoce que, si el Señor no hubiera preservado una descendencia, Israel habría terminado como Sodoma y Gomorra.
La comparación es estremecedora.
Sodoma y Gomorra fueron destruidas bajo el juicio de Dios debido a su maldad. Isaías reconoce que Israel también merecía ser juzgado. El primer capítulo de su libro describe una nación que había abandonado al Señor, aunque continuaba practicando sus ceremonias religiosas.
El pueblo seguía ofreciendo sacrificios, pero su conducta estaba marcada por la injusticia y la desobediencia. Dios había denunciado aquella religiosidad vacía.
Sin embargo, Israel no fue destruido completamente.
¿Por qué?
La respuesta está en las propias palabras de Isaías: el Señor había preservado una descendencia.
La existencia del remanente no era consecuencia de la superioridad moral de quienes habían sobrevivido. Era el resultado de la misericordia de Dios.
Pablo volverá a esta misma enseñanza en Romanos 11:5, donde afirma que existe un remanente escogido por gracia.
Aquí encontramos una verdad que debe sostener nuestra confianza y, al mismo tiempo, mantenernos humildes. Si Dios nos hubiera dejado en nuestros pecados, ninguno de nosotros podría presentarse justo delante de Él.
Nuestra esperanza descansa enteramente en su misericordia.
Ahora bien, comprender la soberanía de Dios en la salvación jamás debería llevarnos a la indiferencia hacia los perdidos. Basta recordar la actitud del propio apóstol Pablo. El mismo hombre que escribió Romanos 9 y defendió con tanta claridad la elección divina expresó en Romanos 10:1 su profundo deseo y oración por la salvación de Israel.
Pablo creía en la elección soberana, pero también oraba por los pecadores y anunciaba el evangelio con perseverancia.
Nosotros debemos hacer lo mismo.
Y hay algo más que no podemos olvidar. Toda esta misericordia encuentra su cumplimiento salvador en Jesucristo.
Dios no ha establecido una forma de salvación para los judíos y otra para los gentiles. Ambos necesitan al mismo Salvador. Por eso, en Romanos 9:30-33, Pablo explica que los gentiles alcanzaron la justicia por la fe, mientras muchos israelitas tropezaron al buscarla como si dependiera de las obras.
La salvación se encuentra únicamente en Cristo. Su muerte y resurrección constituyen el fundamento por el cual Dios justifica a los pecadores que creen en Él.
Todos los que pertenecemos a su pueblo hemos sido salvados por la misma gracia y mediante el mismo Señor.
Conclusión
Pablo comenzó este capítulo enfrentando una dificultad que podía parecer una contradicción de las promesas divinas. Muchos israelitas habían rechazado al Mesías, mientras los gentiles estaban entrando en el pueblo de Dios.
Pero las Escrituras ya habían anunciado verdades que permitían comprender aquella situación.
Oseas había dado testimonio de la misericordia mediante la cual Dios recibiría como suyo a quienes estaban fuera de esa relación. Isaías había anunciado que, aun en medio del juicio, el Señor preservaría un remanente de Israel.
Por tanto, la palabra de Dios no había fallado.
Esto debe fortalecer nuestra confianza en el Señor. Nosotros podemos encontrar dificultades para comprender sus caminos. Hay circunstancias que parecen contradecir lo que esperamos, y ocasiones en las que no vemos claramente cómo está obrando. Pero su fidelidad no depende de nuestra capacidad para entenderlo todo.
Dios cumple sus promesas.
Sin embargo, quisiera que termináramos considerando algo más personal.
Si hoy pertenecemos a Jesucristo, ¿qué tenemos que no hayamos recibido por gracia? ¿Qué habría sido de nosotros si Dios nos hubiera dejado seguir nuestro propio camino?
No tendríamos esperanza.
Por eso, estas doctrinas deberían producir en nosotros gratitud, humildad y un deseo sincero de obedecer al Señor. También deberían movernos a anunciar el evangelio a quienes todavía no conocen a Cristo.
Y si alguno permanece confiando en su religión, en su conducta o en los privilegios que ha recibido, debe recordar que nada de eso puede salvarlo. La salvación se encuentra en Jesucristo, y las Escrituras llaman a todo pecador a arrepentirse y creer en Él.
Que nuestra confianza descanse en la fidelidad de Dios y que nunca olvidemos que pertenecemos a su pueblo únicamente por su misericordia.
Soli Deo Gloria.
