Sermón
¿QUIÉN ERES TÚ PARA DISCUTIR CON DIOS?
Romanos 9:19-24
Pastor Lázaro Germade
Introducción
En nuestro Sermon anterior vimos que Dios tiene misericordia de quien quiere y endurece a quien quiere (Romanos 9:18). Esta afirmación provoca una pregunta que Pablo anticipa inmediatamente: si nadie puede resistir la voluntad de Dios, ¿por qué continúa responsabilizando al hombre por sus pecados?
La pregunta tiene importancia porque toca uno de los asuntos más difíciles de comprender: la relación entre la soberanía divina y la responsabilidad humana.
El problema surge cuando el hombre pretende juzgar las decisiones de Dios conforme a sus propios criterios. Queremos entenderlo todo y, cuando algo escapa a nuestra comprensión, somos tentados a cuestionar la justicia del Señor.
Pablo responde recordándonos quién es Dios y quiénes somos nosotros. También nos muestra que el Señor manifiesta su justicia con paciencia y revela las riquezas de su misericordia en aquellos a quienes llama para gloria.
Proposición: Dios ejerce legítimamente su soberanía sobre los hombres, manifiesta su justicia con paciencia y revela las riquezas de su gloria al llamar a quienes ha preparado para recibir misericordia.
¿Qué nos enseña este pasaje acerca de la soberanía de Dios y de nuestra responsabilidad delante de Él?
I. LA CRIATURA NO TIENE AUTORIDAD PARA CUESTIONAR A SU CREADOR
Romanos 9:19-21
a. La objeción del hombre contra la soberanía de Dios
Pablo presenta a alguien que intenta utilizar la soberanía divina para negar la responsabilidad humana. Su razonamiento es sencillo: si Dios gobierna todas las cosas, ¿cómo puede reprochar al pecador?
Sin embargo, la Escritura afirma ambas verdades. Dios gobierna soberanamente y el hombre responde moralmente por sus decisiones.
Faraón se rebeló voluntariamente contra Dios, aunque su rebelión nunca estuvo fuera del propósito divino. Lo mismo ocurrió en la crucifixión de Cristo. Su muerte había sido determinada por Dios, pero quienes participaron en ella fueron responsables de sus acciones (Hechos 2:23).
La soberanía divina nunca justifica nuestra desobediencia.
b. La arrogancia de la criatura al cuestionar a su Creador
Pablo responde confrontando directamente al interlocutor: ¿quién es él para discutir con Dios?
No está prohibiendo las preguntas sinceras. Muchos siervos de Dios expresaron sus inquietudes delante del Señor. Lo que Pablo confronta es la actitud arrogante de quien pretende colocar al Creador bajo su propio juicio.
Nuestra comprensión es limitada. Desconocemos muchos de los propósitos divinos y no podemos contemplar todas las consecuencias de sus decisiones.
Debemos aprender a confiar en el carácter de Dios incluso cuando no comprendemos sus caminos.
c. El derecho soberano de Dios sobre su creación
Pablo utiliza la imagen del alfarero y el barro. Así como el alfarero tiene autoridad sobre aquello que forma, Dios posee autoridad legítima sobre su creación.
Esta comparación nos recuerda nuestra posición delante del Señor.
Con frecuencia reconocemos su soberanía mientras las circunstancias coinciden con nuestros deseos. Pero cuando llegan dificultades, pérdidas o sufrimientos inesperados, comenzamos a cuestionar sus decisiones.
La fe nos llama a reconocer que Dios sigue siendo justo y sabio aun cuando sus caminos resultan incomprensibles para nosotros.
II. DIOS MANIFIESTA SU JUSTICIA SIN DEJAR DE MOSTRAR PACIENCIA
Romanos 9:22
a. Dios tiene el derecho de manifestar su ira y su poder
Pablo habla del propósito de Dios de manifestar su ira y dar a conocer su poder.
La ira divina es su oposición santa y justa contra el pecado. No procede de una reacción descontrolada, sino de su perfecta santidad.
Romanos 1:18 ya nos enseñó que la ira de Dios se revela contra la impiedad y la injusticia de los hombres.
Dios tiene derecho a juzgar porque es justo. Si el pecado nunca fuera juzgado, ¿cómo podría manifestarse plenamente su justicia?
b. Dios soporta con mucha paciencia a los pecadores
Hay una expresión que merece especial atención: Dios soportó con mucha paciencia a los vasos de ira.
Aunque tiene derecho a ejecutar su juicio, el Señor muestra una paciencia extraordinaria hacia los pecadores.
Esto debería hacernos reflexionar.
¿Cuántas veces hemos desobedecido sin recibir inmediatamente las consecuencias que merecíamos? ¿Cuántas oportunidades nos ha concedido Dios para escuchar su Palabra y arrepentirnos?
Romanos 2:4 nos recuerda que la bondad y la paciencia divinas deben conducirnos al arrepentimiento.
No debemos confundir la paciencia de Dios con aprobación de nuestros pecados. Que el juicio no llegue inmediatamente no significa que nunca llegará.
c. La condición de los vasos de ira preparados para destrucción
Pablo habla de vasos de ira preparados para destrucción. Es una expresión difícil, pero debemos interpretarla cuidadosamente.
El versículo describe su condición sin identificar expresamente al agente de esa preparación. En cambio, el versículo siguiente afirma directamente que Dios preparó de antemano a los vasos de misericordia para gloria.
El contexto de Romanos deja claro que el juicio divino recae sobre pecadores verdaderamente culpables. Desde los primeros capítulos, Pablo ha demostrado que todos estamos bajo pecado.
Aquí debemos recordar una verdad fundamental: cuando Dios juzga al culpable, ejerce justicia; cuando tiene misericordia del culpable, concede gracia.
Nadie puede reclamar la misericordia como si fuera un derecho.
III. DIOS REVELA LAS RIQUEZAS DE SU GLORIA EN AQUELLOS A QUIENES LLAMA POR MISERICORDIA
Romanos 9:23-24
a. El propósito de Dios es manifestar las riquezas de su gloria
Después de mencionar los vasos de ira, Pablo dirige nuestra atención hacia los vasos de misericordia.
Dios ha determinado manifestar las riquezas de su gloria en aquellos que reciben su gracia.
Esto nos recuerda que el propósito final de nuestra salvación es glorificar a Dios.
Recibimos perdón, reconciliación, adopción y vida eterna. Son bendiciones que jamás podríamos merecer. Todas proceden de su misericordia y manifiestan la grandeza de su gloria.
Por eso nuestra salvación debe conducirnos a la gratitud y la adoración.
b. Dios preparó de antemano a los vasos de misericordia para gloria
Pablo afirma que Dios preparó de antemano a los vasos de misericordia para gloria.
Esta declaración está relacionada con Romanos 8:29-30, donde el apóstol explica que aquellos a quienes Dios predestinó también los llamó, justificó y glorificó.
Nuestra salvación tiene su origen en el propósito eterno de Dios. No descansa sobre nuestros méritos ni sobre alguna superioridad espiritual.
Todos pertenecíamos a la misma humanidad caída y necesitábamos su misericordia.
Por tanto, la elección soberana debe producir humildad. Si somos salvos, lo somos únicamente por gracia.
También encontramos aquí una esperanza firme: el Dios que nos llamó en Cristo ha determinado conducirnos a la gloria eterna.
c. Los vasos de misericordia son llamados de entre judíos y gentiles
Pablo identifica a los vasos de misericordia con aquellos a quienes Dios ha llamado, tanto de entre los judíos como de entre los gentiles.
Esta afirmación responde al problema que comenzó al principio del capítulo: ¿ha fallado la Palabra de Dios porque muchos israelitas rechazaron al Mesías?
La respuesta es que el propósito salvador de Dios nunca dependió exclusivamente de la descendencia física de Abraham.
Por medio del evangelio, Dios está llamando a un pueblo formado por judíos y gentiles, unidos mediante la fe en Jesucristo.
La existencia misma de la iglesia es una manifestación de esa misericordia.
Por eso debemos anunciar el evangelio a todos, sin distinción. Desconocemos a quiénes Dios llamará eficazmente, pero sabemos que nos ha ordenado predicar a Cristo.
Conclusión
Este pasaje nos coloca delante de tres grandes verdades.
Primero, Dios es el Creador soberano y nosotros somos sus criaturas. No tenemos autoridad para someter sus decisiones a nuestro juicio.
Segundo, Dios es perfectamente justo y, sin embargo, muestra una paciencia extraordinaria hacia los pecadores. Esa paciencia debe conducirnos al arrepentimiento.
Tercero, nuestra salvación procede de la misericordia divina. Dios nos ha llamado en Cristo y nos ha preparado para participar de su gloria.
Pero ¿cómo puede Dios mostrar misericordia a pecadores culpables sin comprometer su justicia?
La respuesta se encuentra en Jesucristo.
En la cruz, Dios manifestó su justicia contra el pecado y su misericordia hacia quienes salva. Cristo cargó con la culpa de su pueblo para reconciliarnos con el Padre.
Por eso ningún creyente puede atribuirse el mérito de su salvación.
Y quienes todavía no han creído no deben utilizar la soberanía divina como excusa para permanecer en sus pecados. La Escritura les manda arrepentirse y confiar en Jesucristo.
Que estas verdades nos lleven a vivir con humildad, agradecidos por la paciencia de Dios y comprometidos con anunciar su evangelio.
Si el Señor ha tenido misericordia de nosotros, ¿cómo podríamos permanecer indiferentes ante una gracia tan grande?
Soli Deo Gloria.
