Sermón

La Palabra de Dios no ha fallado

octubre 4, 2026 Pastor. Lazaro Germade

Texto: Romanos 9:6-13
Serie: Romanos

Introducción

Romanos 8 termina con una de las afirmaciones más gloriosas de toda la carta. Pablo ha declarado que aquellos a quienes Dios conoció de antemano también predestinó, llamó, justificó y glorificó, y ha concluido que nada podrá separar al creyente del amor de Dios que es en Cristo Jesús. Sin embargo, al comenzar Romanos 9 aparece una dificultad que no puede ignorarse. Israel había recibido privilegios extraordinarios: los pactos, la ley, el culto, las promesas, los patriarcas y, sobre todo, de ellos había venido Cristo según la carne. A pesar de todo esto, una gran parte de Israel permanecía en incredulidad.

La pregunta, entonces, era inevitable. Si Dios había hecho promesas a Israel y tantos israelitas habían rechazado al Mesías, ¿había fallado la Palabra de Dios? La cuestión no era secundaria, porque si las promesas de Dios podían fracasar con Israel, también podía ponerse en duda la seguridad que Pablo acababa de proclamar en Romanos 8. Por eso su respuesta es inmediata y categórica: «Pero no es que la palabra de Dios haya fallado» (Romanos 9:6).

El verbo que Pablo utiliza contiene la idea de caer, fracasar o perder su eficacia. En otras palabras, Pablo está diciendo que la Palabra de Dios no se ha desplomado, no ha quedado anulada y no ha sido frustrada por la incredulidad humana. El problema no está en la fidelidad de Dios, sino en una comprensión equivocada de cómo Dios había determinado cumplir Sus promesas desde el principio.

Proposición: La Palabra de Dios nunca falla porque el cumplimiento de Su promesa descansa en Su propósito soberano y no en el mérito ni en la capacidad humana.

Si esta es la afirmación central del pasaje, entonces debemos preguntarnos: ¿cómo demuestra Pablo que la Palabra de Dios no ha fallado? Romanos 9:6-13 responde mostrando tres verdades fundamentales.

1. La descendencia natural nunca garantizó la salvación

Pablo comienza afirmando que «no todos los descendientes de Israel son Israel». Esta frase es decisiva para comprender no solo este pasaje, sino todo el argumento de Romanos 9-11. Pablo no está diciendo que Israel étnico haya dejado de existir ni que la palabra «Israel» haya perdido todo sentido histórico. Está mostrando que nunca hubo una equivalencia automática entre pertenecer físicamente a Israel y participar de la realidad salvadora de la promesa.

Para demostrarlo, Pablo vuelve a Abraham. Abraham tuvo a Ismael y a Isaac, y ambos eran verdaderamente hijos suyos según la carne. Sin embargo, Dios había dicho: «Por Isaac será llamada tu descendencia». La palabra traducida «descendencia» es sperma, que puede significar semilla o linaje. Ismael pertenecía biológicamente a Abraham, pero la línea de la promesa continuó por Isaac. Esto demuestra que la genealogía, por sí sola, nunca garantizó participación en la promesa redentora.

Pablo lo explica todavía más claramente cuando distingue entre «hijos de la carne» e «hijos de la promesa». Los hijos de la carne son aquellos cuya relación puede explicarse únicamente por descendencia natural, mientras que los hijos de la promesa existen porque Dios actúa conforme a Su palabra. Isaac mismo era evidencia de ello. Abraham era anciano, Sara era estéril y, humanamente hablando, la promesa no podía cumplirse. Sin embargo, Dios había dicho: «Por este tiempo volveré, y Sara tendrá un hijo». Isaac existió porque Dios hizo lo que había prometido.

Esta verdad también tiene una aplicación seria para la iglesia. Es posible poseer privilegios espirituales y, aun así, no poseer la realidad espiritual a la que esos privilegios apuntan. Una persona puede haber nacido en un hogar cristiano, asistir a la iglesia desde su niñez, conocer las Escrituras, haber sido bautizada y comprender doctrinas bíblicas, y sin embargo continuar sin haber nacido de nuevo. Nicodemo poseía enormes privilegios religiosos, pero Jesús le dijo claramente: «Tienes que nacer de nuevo» (Juan 3:7).

Por eso la pregunta no es simplemente si pertenecemos externamente a una comunidad cristiana, sino si pertenecemos realmente a Cristo. La historia de Israel demuestra que el privilegio religioso nunca puede sustituir la regeneración. La Palabra de Dios no falló; lo que falló fue la suposición humana de que la descendencia natural garantizaba automáticamente la salvación.

2. La promesa siempre ha dependido de la iniciativa de Dios

Pablo llama a Isaac «hijo de la promesa», y esa expresión dirige la atención hacia el carácter mismo de la salvación. Una promesa depende, en última instancia, de la fidelidad de quien la hace. Sara no podía producir por sí misma al hijo prometido, ni Abraham podía garantizar el cumplimiento mediante su propia capacidad. Dios había prometido intervenir, y eso fue exactamente lo que hizo.

Este patrón se repite una y otra vez en la historia de la redención. Cuando Israel quedó atrapado frente al mar Rojo, Dios abrió el camino. Cuando el pueblo necesitó alimento en el desierto, Dios proveyó maná. Cuando Sara no podía concebir, Dios produjo vida donde humanamente no podía existir. Y cuando el hombre se encontraba muerto en delitos y pecados, Dios envió a Su Hijo. La historia bíblica está construida de tal manera que la gloria de la salvación nunca pueda atribuirse finalmente al hombre.

Esto no significa que el hombre no deba creer ni arrepentirse. La Escritura llama al pecador a hacer ambas cosas. Sin embargo, cuando preguntamos por qué un pecador espiritualmente muerto llega finalmente a creer, Pablo dirige nuestra atención más allá de la capacidad humana. La respuesta última se encuentra en la gracia de Dios. Dios llama, Dios abre el corazón, Dios concede vida y Dios sostiene a Su pueblo.

Por eso la seguridad del creyente no descansa en la fuerza con la que él intenta aferrarse a Dios, sino en la fidelidad con la que Dios sostiene a los Suyos. Esta verdad tampoco destruye el evangelismo. Al contrario, le da esperanza. Nosotros podemos predicar, enseñar, razonar, exhortar y orar, pero solamente Dios puede abrir el corazón del pecador. Si la salvación dependiera finalmente de nuestra habilidad para convencer al hombre, tendríamos razones para desesperarnos. Pero si Dios puede dar vida al muerto, entonces ninguna persona está fuera del alcance de Su gracia.

La promesa no depende de que el hombre sea suficientemente fuerte para cumplirla. Depende del Dios que promete y cumple. Por eso la Palabra no ha fallado.

3. El propósito de elección de Dios no descansa en las obras humanas

Después del ejemplo de Isaac e Ismael, Pablo presenta un caso todavía más contundente. Jacob y Esaú no solamente tenían el mismo padre, sino también la misma madre y el mismo embarazo. Eran mellizos. Pablo elimina así cualquier explicación basada en diferencias externas. Y entonces añade algo decisivo: antes de que hubieran nacido y antes de que hubieran hecho bien o mal, Dios ya había declarado Su propósito.

El texto dice que esto ocurrió «para que el propósito de Dios conforme a Su elección permaneciera, no por las obras, sino por Aquel que llama». Aquí aparece el corazón teológico del pasaje. La palabra traducida «propósito» es prothesis, que expresa la idea de un designio establecido. La palabra «elección» es eklogē, que significa escogimiento. Pablo, por tanto, habla de un propósito divino que permanece firme conforme a la elección de Dios.

Luego añade una aclaración que no puede ser ignorada: «no por las obras, sino por Aquel que llama». El énfasis del texto no está en lo que el hombre hace, sino en lo que Dios decide y ejecuta. Pablo quiere excluir cualquier idea de que la elección sea simplemente una recompensa divina a obras previstas en el hombre. Jacob y Esaú todavía no habían nacido cuando Dios declaró: «El mayor servirá al menor». La elección no se basó en una superioridad moral demostrada por Jacob, porque todavía no había realizado ni bien ni mal.

Finalmente, Pablo cita Malaquías: «A Jacob amé, pero a Esaú aborrecí». Estas palabras deben ser entendidas con reverencia y dentro de su contexto. Pablo no está describiendo a Dios como caprichoso ni arbitrario en un sentido pecaminoso. Está afirmando la libertad soberana de Dios para conceder Su favor conforme a Su propio propósito. La cita de Malaquías contempla también la historia de los pueblos que procedieron de Jacob y Esaú, Israel y Edom, pero Pablo la utiliza para confirmar una realidad que ya había sido establecida antes del nacimiento de ambos: la promesa avanzaría conforme a la decisión soberana de Dios.

Esta doctrina destruye toda posibilidad de orgullo espiritual. Si Dios nos hubiera escogido porque vio en nosotros algo superior a los demás, tendríamos alguna razón para jactarnos. Pero Pablo excluye esa posibilidad. La salvación no descansa en nuestras obras, en nuestra capacidad, en nuestra inteligencia ni en una supuesta superioridad espiritual. Descansa en la gracia de Dios.

Por eso la elección bíblica, cuando se entiende correctamente, no produce arrogancia, sino humildad. El creyente no mira al incrédulo diciendo: «Dios me escogió porque había algo especial en mí». Más bien mira hacia Dios y pregunta: «¿Por qué tuviste misericordia de mí?». Y cuanto más busca la respuesta dentro de sí mismo, menos encuentra. La respuesta está finalmente en Dios, en Su gracia y en Su propósito soberano.

Conclusión

Pablo comenzó esta sección con una pregunta implícita: ¿ha fallado la Palabra de Dios? Su respuesta es clara: no. La incredulidad de muchos israelitas no demuestra que Dios haya fracasado, porque la descendencia natural nunca garantizó la salvación, la promesa siempre dependió de la iniciativa divina y el propósito de elección de Dios nunca descansó en las obras humanas.

Esto también explica por qué Romanos 8 puede terminar con tanta seguridad. Pablo puede afirmar que nada separará al creyente del amor de Dios porque nuestra salvación no descansa finalmente en la capacidad humana para sostener el propósito divino. Descansa en el Dios que promete, llama, justifica y lleva a Su pueblo hasta la gloria.

Romanos 8 y Romanos 9, por tanto, no se contradicen. Romanos 9 explica el fundamento de la seguridad celebrada en Romanos 8. Si la salvación dependiera finalmente de nosotros, nunca podríamos descansar. Pero si depende de la fidelidad y del propósito soberano de Dios, entonces la seguridad del creyente descansa sobre un fundamento inconmovible.

Sin embargo, Pablo sabe que esta enseñanza provoca inmediatamente otra pregunta. Si Dios escogió a Jacob antes de que hubiera hecho bien o mal, si Su propósito permanece «no por las obras, sino por Aquel que llama», entonces alguien inevitablemente preguntará: «¿No es injusto Dios?». Pablo mismo formulará esa objeción en el siguiente versículo: «¿Qué diremos entonces? ¿Que hay injusticia en Dios? ¡De ningún modo!» (Romanos 9:14).

Esa será la siguiente etapa de su argumento.

Por ahora, Romanos 9:6-13 nos deja afirmados en una verdad que sostiene toda nuestra esperanza: la Palabra de Dios no ha fallado, no está fallando y jamás fallará. Los hombres cambian, las generaciones pasan y nuestra propia fuerza fluctúa, pero el propósito de Dios permanece firme.

Por eso, cuando contemplamos nuestra salvación, no nos felicitamos a nosotros mismos. Adoramos a Dios.