Sermón
¿Hay injusticia en Dios?
Texto: Romanos 9:14–18
Serie: Romanos
Introducción
En el sermón anterior llegamos a una de las afirmaciones más difíciles y, al mismo tiempo, más gloriosas de Romanos. Pablo nos dijo que el propósito de Dios permanece «conforme a Su elección», y tuvo especial cuidado de añadir que dicho propósito existe «no por las obras, sino por Aquel que llama». Para demostrarlo nos llevó a Jacob y Esaú y señaló que Dios había hablado antes de que los niños nacieran o hubieran hecho bien o mal.
En ese momento surge una objeción casi inevitable. Si la diferencia decisiva no descansó en lo que Jacob o Esaú hicieron, sino en el propósito de Dios, alguien puede preguntar: «Entonces, Pablo, ¿no estás haciendo a Dios injusto?».
Eso es precisamente lo que Pablo escribe en el versículo 14: «¿Qué diremos entonces? ¿Que hay injusticia en Dios?».
Debemos notar algo importante. Pablo no responde tratando de debilitar lo que acaba de enseñar. No dice: «Me expliqué mal; en realidad Dios escogió a Jacob porque vio algo mejor en él». Tampoco traslada la razón definitiva de la elección nuevamente al hombre. Su respuesta es: «¡De ningún modo!», y entonces procede a defender la justicia de Dios afirmando todavía con mayor claridad Su soberana libertad.
El problema, por tanto, no está en la soberanía de Dios, sino en nuestra tendencia a pensar que la misericordia divina es algo que Dios nos debe. Pablo corregirá precisamente esa idea.
Proposición: Dios es perfectamente justo en el ejercicio de Su soberanía porque Su misericordia es libre, Su salvación depende de Él y Su juicio recae justamente sobre pecadores culpables.
Entonces debemos preguntarle al texto: ¿Por qué la soberanía de Dios en la salvación no puede ser acusada de injusticia?
Pablo responde mediante tres razones que nos obligan a entender correctamente tanto la misericordia como la justicia de Dios.
1. Dios no es injusto porque la misericordia pertenece a Su libertad soberana
Pablo responde a la acusación de injusticia recurriendo a algo que Dios mismo dijo a Moisés: «Tendré misericordia del que Yo tenga misericordia, y tendré compasión del que Yo tenga compasión» (Romanos 9:15). Para entender la fuerza de esta respuesta debemos recordar el contexto de Éxodo 33. Israel acababa de fabricar un becerro de oro y había atribuido a un ídolo la liberación que el Señor mismo había realizado. No estamos contemplando un pueblo inocente preguntándose por qué Dios se niega a tratarlo justamente; estamos contemplando pecadores culpables que merecen juicio.
Precisamente allí Dios habla de misericordia. La palabra griega eleeō comunica favor concedido al miserable, y oikteirō acentúa la compasión. Ninguna de las dos palabras describe una obligación que Dios tenga con el pecador. Por eso la respuesta de Pablo puede parecernos inicialmente extraña. Le preguntamos acerca de la justicia y él responde hablando de misericordia porque quiere mostrarnos que hemos confundido dos categorías distintas.
Si un juez condena a un criminal culpable conforme a la ley, ha ejercido justicia. Si decide concederle un perdón que el culpable no merece, ha mostrado misericordia. Pero el criminal no puede presentarse delante del juez diciendo: «Usted está obligado a perdonarme; de lo contrario es injusto». En el momento en que el perdón se convierte en una deuda, deja de ser misericordia.
Eso es exactamente lo que Pablo quiere que entendamos acerca de Dios. Si toda la humanidad es culpable —y los primeros capítulos de Romanos ya han establecido que «no hay justo, ni aun uno»— entonces Dios no comete ninguna injusticia cuando juzga al pecador. La maravilla no consiste en que Dios juzgue a algunos. La maravilla es que tenga misericordia de alguno.
Esta verdad cambia completamente la pregunta. Nuestra naturaleza caída quiere decir: «¿Por qué Dios no tuvo misericordia de todos?». Pablo nos obliga primero a preguntar: «¿Por qué habría de tener misericordia de cualquiera de nosotros?».
Y la respuesta no puede encontrarse en nuestros méritos.
Aquí debemos llevar el argumento hacia Cristo. La misericordia de Dios no significa que Él simplemente ignore Su justicia. Dios no salva cerrando los ojos ante el pecado. Romanos 3 ya nos enseñó que Dios presentó a Cristo como propiciación para demostrar Su justicia, de manera que Él sea «justo y el que justifica al que tiene fe en Jesús».
En la cruz la misericordia no derrotó a la justicia, ni la justicia expulsó a la misericordia. Ambas se encontraron. El pecado de Su pueblo fue verdaderamente juzgado, pero fue juzgado en el Sustituto. Dios no dejó de ser justo para salvarnos; Cristo satisfizo la justicia para que Dios pudiera mostrarnos misericordia sin comprometer Su santidad.
Por eso ningún creyente podrá entrar en la gloria diciendo: «Dios me dio aquello que me debía». Entraremos confesando que todo fue misericordia.
Y esa verdad debería matar nuestro orgullo religioso. Si somos salvos por misericordia, no podemos mirar con superioridad a quien todavía está lejos de Cristo. Somos receptores de una compasión que jamás pudimos reclamar.
2. Dios no es injusto porque la salvación descansa en Dios que tiene misericordia y no en la capacidad humana
Pablo llega entonces a una conclusión extraordinariamente clara: «Así que no depende del que quiere ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia» (Romanos 9:16).
Aquí necesitamos escuchar exactamente lo que Pablo está diciendo. Él utiliza dos imágenes que abarcan buena parte de la actividad humana. Primero habla del que quiere. La palabra viene de thelō: querer, desear, determinar. Después habla del que corre, de trechō, una imagen frecuente de esfuerzo, disciplina y actividad intensa.
Pablo no está enseñando que el hombre carezca de voluntad, ni que la fe y el arrepentimiento sean innecesarios. Toda la carta de Romanos llama al pecador a creer. Lo que Pablo está negando es que la voluntad humana o el esfuerzo humano constituyan la causa determinante de la salvación.
Si finalmente un hombre es salvo porque su voluntad natural fue mejor que la voluntad de otro, entonces la diferencia decisiva se encuentra en el hombre. Si uno creyó porque fue suficientemente inteligente, sensible o dispuesto, entonces alguna gloria pertenece a él. Pero Pablo desplaza la causa última completamente hacia Dios: «sino de Dios que tiene misericordia».
La teología reformada ha insistido históricamente en esta verdad porque la Escritura insiste en ella. No negamos que el hombre crea; afirmamos que cree porque la gracia de Dios ha obrado eficazmente en él. No negamos que el pecador venga a Cristo; afirmamos con Jesús que «nadie puede venir a Mí si el Padre que me envió no lo trae» (Juan 6:44). No negamos la voluntad humana; negamos que una voluntad esclavizada al pecado pueda convertirse en la fuente de su propia liberación.
Esto debería producir una profunda tranquilidad en la evangelización. Hay personas por las que quizá llevamos años orando y humanamente parecen cada vez más endurecidas. Si la salvación dependiera finalmente de nuestra elocuencia o de la capacidad natural del pecador para producir un corazón nuevo, tendríamos razones para abandonar la esperanza. Pero Pablo acaba de decirnos que depende de «Dios que tiene misericordia».
Eso no nos hace pasivos. Predicamos porque Dios ha determinado salvar mediante la proclamación del evangelio. Oramos porque dependemos de Su poder. Rogamos a los hombres que se reconcilien con Dios porque esa es nuestra responsabilidad. Pero mientras hablamos sabemos que solamente el Espíritu puede hacer aquello que nuestras palabras nunca conseguirán: abrir el corazón.
Esto también transforma la manera en que miramos nuestra propia conversión. Quizá podemos recordar quién nos evangelizó, qué sermón escuchamos o qué circunstancias Dios utilizó. Todas esas cosas fueron medios verdaderos. Pero si seguimos preguntando por qué finalmente respondimos a Cristo, Pablo nos conduce hasta el fondo y nos hace decir: porque Dios tuvo misericordia.
Por eso toda salvación auténtica termina inevitablemente en adoración.
3. Dios no es injusto porque Su endurecimiento es un juicio sobre pecadores culpables y aun así sirve a Su gloria
El tercer movimiento del argumento es el más difícil. Pablo introduce a Faraón y cita la Escritura: «Para esto mismo te levanté, para demostrar Mi poder en ti, y para que Mi nombre sea proclamado por toda la tierra» (Romanos 9:17). Después concluye: «Así que del que quiere tiene misericordia, y al que quiere endurece» (Romanos 9:18).
No debemos suavizar estas palabras, pero tampoco debemos interpretarlas de una manera que convierta a Dios en autor del pecado. Faraón no aparece en Éxodo como un hombre inocente que desea obedecer a Dios y al que Dios arbitrariamente obliga a rebelarse. Cuando lo conocemos ya es un tirano que oprime, esclaviza y mata. Cuando Moisés le comunica el mandato divino, «Deja ir a Mi pueblo», Faraón responde arrogantemente: «¿Quién es el Señor para que yo escuche Su voz?».
Faraón quiere rebelarse.
Y, sin embargo, Dios es tan soberano que incluso esa rebelión no escapa a Su propósito. El Señor declara: «Para esto mismo te levanté». El verbo griego exēgeira expresa la idea de levantar o mantener en pie. Dios permitió que Faraón permaneciera en el escenario de la historia para manifestar Su poder mediante él.
Faraón quería utilizar su poder para engrandecer su propio nombre. Dios utilizó la rebelión de Faraón para hacer conocido Su propio nombre por toda la tierra.
Aquí contemplamos una dimensión impresionante de la soberanía divina: los enemigos de Dios jamás consiguen colocar a Dios fuera de control. Incluso cuando se rebelan contra Él, terminan sirviendo al propósito que intentan resistir.
Esto alcanza su expresión suprema en la cruz de Cristo. Hechos 4 nos dice que Herodes, Poncio Pilato, los gentiles y el pueblo de Israel se reunieron contra Jesús para hacer aquello que la mano y el propósito de Dios habían predestinado que sucediera. Ellos actuaron voluntariamente y fueron culpables de su pecado; sin embargo, mediante aquella misma maldad Dios realizó el acontecimiento redentor más glorioso de la historia.
Eso nos ayuda a comprender el endurecimiento de Faraón.
La palabra griega sklērynō significa endurecer. En Éxodo se afirma tanto que Faraón endureció su corazón como que Dios endureció el corazón de Faraón. No necesitamos escoger entre ambas afirmaciones. Faraón es moralmente responsable porque su rebelión procede verdaderamente de él, y Dios es soberano porque el endurecimiento de Faraón nunca escapa a Su decreto.
El endurecimiento divino es judicial. Dios entrega al pecador a la dirección que ese pecador ama. Esto ya lo habíamos visto en Romanos 1: los hombres rechazaron la verdad y «Dios los entregó» a sus deseos. Uno de los juicios más temibles de Dios es permitir que el hombre continúe endureciéndose en aquello que ha decidido amar.
Por eso este texto debería producir reverencia, no especulación.
Nadie debe escuchar Romanos 9:18 y decir tranquilamente: «Entonces no importa cómo viva». Es precisamente lo contrario. Si escuchamos hoy la voz de Dios, Hebreos nos exhorta: «No endurezcan sus corazones». El pecado repetidamente abrazado no nos deja neutrales. Forma hábitos, cauteriza la conciencia y endurece el corazón.
Pero para el creyente existe también una profunda consolación. Ningún Faraón puede frustrar el propósito de Dios. Ningún gobernante, ninguna cultura, ninguna ideología y ninguna oposición puede hacer caer Su Palabra. Dios puede utilizar incluso la resistencia humana para manifestar Su poder y extender Su nombre.
Conclusión
Pablo comenzó preguntando: «¿Hay injusticia en Dios?».
Y ha respondido con toda claridad: ¡De ningún modo!
Dios no es injusto cuando muestra misericordia, porque la misericordia nunca fue algo que el pecador pudiera reclamar como derecho. Dios no es injusto cuando la salvación depende de Él que tiene misericordia, porque ningún pecador puede producir por sí mismo la vida espiritual que necesita. Y Dios tampoco es injusto cuando endurece judicialmente, porque Su juicio recae sobre hombres verdaderamente culpables que aman su rebelión.
El texto, entonces, no nos presenta a un Dios caprichoso. Nos presenta al Dios santo delante de quien toda la humanidad es culpable, al Dios soberano que no debe misericordia a nadie y, sin embargo, ha decidido conceder misericordia a una multitud que nadie puede contar.
Y cuando preguntamos cómo esa misericordia puede llegar hasta pecadores culpables sin comprometer la justicia divina, la respuesta es Cristo.
En la cruz Dios no trató el pecado como si no importara.
Lo juzgó.
Pero aquellos que están en Cristo contemplan algo asombroso: el juicio que merecían cayó sobre Otro.
Por eso nuestra salvación nunca podrá convertirse en motivo de orgullo. El cielo no estará lleno de hombres felicitándose por haber querido más, corrido más o merecido más. Estará lleno de redimidos diciendo: «La salvación pertenece a nuestro Dios».
Y quizás la pregunta más apropiada al terminar este pasaje no sea: «¿Por qué Dios no tuvo misericordia de todos?».
Tal vez debamos comenzar mucho más cerca:
«Señor, ¿por qué tuviste misericordia de mí?».
Cuando comprendemos nuestra verdadera condición, esa pregunta deja de ser una discusión filosófica y se convierte en adoración.
Pero Pablo sabe que todavía queda otra objeción. Si Dios tiene misericordia del que quiere y endurece al que quiere, entonces alguien preguntará en el próximo versículo: «¿Por qué, pues, todavía reprocha? Porque ¿quién resiste a Su voluntad?» (Romanos 9:19).
Ese será el próximo paso de nuestro estudio.
Por ahora Romanos 9:14–18 nos deja ante un Dios absolutamente soberano, perfectamente justo y maravillosamente misericordioso.
Y nuestra respuesta no puede ser otra que inclinarnos delante de Él y confesar:
No depende del que quiere ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia.
Sola gratia. Soli Deo Gloria.
